Otra vez los bares en la mira y no la sangre asesina que cargamos encima los colombianos

Otra vez los bares en la mira y no la sangre asesina que cargamos encima los colombianos

Si algo he aprendido es que en este país siempre buscamos a quién echarle la culpa, menos a nosotros mismos, nos cuesta aceptar que somos un pueblo de sicarios y asesinos porque nos da pena aceptar nuestra naturaleza. Si pasa algo, rápido aparece el culpable… un bar, una fiesta, un horario, un sitio de reunión, Colombia es demasiado hipócrita. Cualquier cosa que evite mirar el verdadero problema sirve, pero la verdad es que la violencia la tenemos metida hasta el en alma.

El asesinato del joven estudiante de Los Andes en Halloween no fue algo raro, siempre pasa, cada día este país es un desfile de asesinatos y masacres, eso fue sencillamente otra muestra de lo podridos que estamos, vamos a la fiesta a matar a un muchacho y seguimos relajados. Pero claro, es más fácil armar escándalo y decir “culpa del bar” que hablar de por qué seguimos matándonos por cualquier estupidez.

¿Se dieron cuenta? Están hablando más del lugar que de la enfermedad mental asesina colombiana.
No estoy defendiendo al bar, estoy diciendo que no hay que confundir la consecuencia con la causa. En pandemia dejaron abierto todo menos los bares, ¿se acuerdan? El virus se acostaba a las 5AM para que “la gente de bien” pudiera ir a mercar y a trabajar pero se despertaba a las 6PM para ir a contagiar a los bares. Era sencillamente estúpido. Eso debería decirnos algo, el bar se volvió el enemigo favorito del puritanismo hipócrita y mediocre de un país de sicarios. Pero nadie se pregunta por qué un país que vive ahogado en licor y rabia necesita un bar para explotar.

En lugar de preguntas salen los mismos titulares de siempre: “El bar tal, foco de violencia” y listo. Apagan la cámara, prenden la indignación y al otro día seguimos igual, solo que con otro muerto y otro bar cerrado.

 

El problema no es el sitio, es la gente. No es la barra la que da el golpe que mató al muchacho ni es la música la que aprieta el gatillo. No es la botella la que mete la bala. El licor es como un arma, no mata solo, lo hace el que no sabe lo que tiene en la cabeza y de esos estamos llenos, de pendejos mal educados, sin justicia, sin oportunidades, con ira acumulada y cero control. Por eso el país está lleno de gente lista para explotar por cualquier cosa. Y cuando pasa lo peor, lo fácil es culpar al bar, al DJ, al portero, al empresario. Todo menos mirar lo que en realidad nos pasa como sociedad.

Y aquí viene la parte que da más rabia, la hipocresía. Cuando conviene, los políticos hablan de “salud mental” y “cultura ciudadana”; pero cuando les sirve, salen a cerrar bares para mostrar que hacen algo. Toques de queda, decretos, campañas de moral, mucha bulla, poca acción. El Estado actúa como si todo fuera un teatro, investiga un rato, suelta un comunicado y listo, tema cerrado. La impunidad es lo único que sí funciona puntual en este país corroído por la corrupción y la verguenza.

La prensa es patética, obviamente es más rentable hablar del bar donde pasó todo que hablar de por qué pasa. Les da pereza escribir sobre la violencia, la falta de educación, el abandono, el desempleo o la salud mental, es más fácil poner la foto del sitio con la cinta amarilla y decir “el bar del terror”, en lugar de colocar “los niños de Los Andes son asesinos”, porque no hay que pensar ni incomodar a nadie.

Y la hipocresía a flor de piel… Beber hasta perder el sentido es casi una costumbre. No lo digo por moral, lo digo porque es real ¿cuántas celebraciones terminan en pelea o en velorio? ¿Cuántas reconciliaciones acaban con alguien en el hospital? Aquí el “no se deje” y el “hágase respetar” se convierten en balas o puños, cuando una sociedad se educa así, no necesita guerra para tener muertos, Colombia es un estado fallido, un lugar donde la muerte es la amiga que va de la mano con todos.

No se vale echarle la culpa al trago o al bar. Si alguien pega o mata, es porque algo anda roto en su cabeza y nadie lo corrigió a tiempo. Esa es la gente que vive en este país, gente destruida mentalmente aguantando hambre a punto de explotar. No es el bar, es la gente.

 

 

Los bares: donde también se inventa la vida

A muchos se les ha olvidado que los bares no son solo sitios para beber. Son los lugares donde la gente se encuentra, se escucha, se enamora, se reconcilia, arma ideas, compone canciones o simplemente se siente menos sola, en la noche trabaja mucha gente. Son pequeñas cápsulas de vida donde todo puede pasar. La historia de este país, la cultura, el arte, la música, la política incluso, se ha cocinado muchas veces entre una mesa de bar y un grupo de gente con ganas de cambiar el mundo. Y en un país de alcohólicos como este, en donde la gente tiene la necesidad de escapar de la puerca realidad, un bar funciona mejor que una iglesia. No es ocio, es una necesidad.

En un bar se han fundado bandas, proyectos, colectivos, revistas, obras de teatro. Se han firmado contratos, se han hecho amistades que duran décadas, se han llorado duelos y se han festejado victorias. El bar es un pedazo del alma social, un refugio en medio del ruido de la ciudad. Por eso jode tanto ver que cada vez que hay un crimen, la primera reacción sea cerrar el bar, como si ahí estuviera el mal, como si la noche fuera pecado.

No todo el mundo tiene un teatro o una galería donde mostrar lo que hace, pero muchos artistas sí tienen un bar donde tocar, leer, cantar o exponer. Los bares son escenarios vivos, ahí nacen géneros, movimientos, amistades, redes. En cada barrio hay al menos uno que sirve de punto de encuentro, de termómetro de lo que pasa, de lugar donde la gente se atreve a hablar de lo que de día no se atreve.
Y sí, el alcohol también tiene su historia, con sus sombras y sus luces. No hay que negarlom beber con responsabilidad es parte de muchas tradiciones, de celebraciones familiares, de encuentros entre amigos. El problema no es el trago, es lo que cada quien carga por dentro, el maldito demonio personal, ese es el enemigo, una persona buena con tragos sigue siendo bueno, un salvaje con trgos aflora la violencia. El mismo vaso puede ser excusa para reír, o detonante de una tragedia, según quien lo tenga en la mano. Satanizar el alcohol no arregla nada; aceptar la realidad de una sociedad asquerosa sí.

Una vez un agente me dijo en el museo de la Policía: “Nosotros no matamos, abatimos delincuentes”. Y ahí entendí todo. Ese eufemismo que nos mantiene tranquilos… abatimos. No matamos, no disparamos, no ejecutamos. “Abatimos”. Qué belleza de país, capaz de inventar sinónimos para no sentir culpa. La violencia aquí no se combate, se administra lingüísticamente. Por eso hablamos de “hechos aislados”, de “riñas”, de “malos tragos”, de “casos fortuitos”. Todo para no decir la verdad, que este país está enfermo de muerte y le da miedo mirarse al espejo.

Es un país de psicópatas.

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