No se puede decir que no lo vimos venir. Siempre se ve venir. La historia no avanza a saltos, sino por acostumbramiento. Primero se endurece el lenguaje, luego se normaliza la excepción, después la violencia se vuelve normal y cuando alguien se atreve a decir “esto ya pasó antes”, le responden que está exagerando. Pero nunca exagera quien reconoce los patrones.
La migración no es el problema, nunca lo ha sido, los latinos no “invadieron” Estados Unidos ni Europa ayer. Hemos migrado siempre, como migraron antes los irlandeses, los italianos, los judíos, los europeos pobres que huían del hambre, de la guerra o de Estados que no supieron cuidar a su gente. Hoy huimos de países rotos, corruptos, violentos, inviables. No porque queramos irnos, sino porque no nos dejan quedarnos. ¿Quién es nativo en Estados Unidos más que las tribus que han sido masacradas y sometidas durante años y años? El resto son solo inmigrantes.
Lo nuevo no es la migración. Lo nuevo es el uso político del odio y ahí es donde entran los tiranos modernos, con trajes caros y discursos vacíos, prometiendo orden a cambio de obediencia, jamás ofrecen soluciones, ofrecen enemigos. No piden pensar, piden señalar. No gobiernan, polarizan.
Estados Unidos está jugando con fuego uy cuando una democracia empieza a tratar a comunidades enteras como sospechosas por su origen, cuando normaliza redadas, ejecuciones encubiertas, persecuciones raciales y una agencia migratoria que actúa con lógica militar en barrios civiles, ya no estamos hablando de política pública. Estamos hablando de deshumanización. Eso nunca termina bien, esa película ya la hemos visto varias veces y saben como termina.
ICE no es solo una agencia, la convirtieron en un símbolo de terror, la gente tiene miedo incluso de salir y están matando a su propia gente. El símbolo de un Estado que decidió que el miedo es más útil que la justicia. Que la fuerza es más rápida que el derecho. Que separar familias, encerrar niños y disparar primero puede justificarse con la palabra “seguridad”. Esa palabra que ha sido usada siempre por los tiranos para lo mismo… hacer aceptable lo inaceptable.
Quienes creen que esto no les afecta están jodidamente equivocados. La historia es clara en algo, la represión nunca se queda en donde empieza. Primero son los indocumentados, luego los pobres, luego los disidentes y después cualquiera que los incomode. Cuando el Estado aprende que puede actuar sin consecuencias, expande ese poder. Siempre.
El problema no es un hombre, los hombres pasan. El problema es lo que habilitan cientos de miles de ignorantes. La megalomanía no gobierna sola; necesita aplauso, silencio o complicidad. Necesita medios tibios, instituciones cobardes y ciudadanos cansados que prefieran mirar para otro lado mientras no les toque.
Y no, no es pataleta, no es miedo, no es terror, es memoria, ya ha sucedido muchas veces. Las grandes catástrofes no comienzan con campos de exterminio, comienzan con listas, con excepciones legales, con discursos de “ellos o nosotros”, con policías obedeciendo órdenes “difíciles”, con periodistas pidiendo calma cuando lo que hace falta es claridad moral. Es muy cómico ver un post diciendo que USA va a defender a quienes protestan en Irán mientras asesina a sangre fría a quienes lo hacen en su tierra. Una guerra civil jamás es declarada, solamente explota.
Lo más peligroso de este momento no es la violencia abierta, es que esa violencia salvaje es normal, la vemos en TikTok, en Facebook, vemos en directo todo y al igual que en la película “no miren arriba” la disfrazan con palabras como si la humanidad fuera estúpida. Que la crueldad se vuelva paisaje, normal. Ahí es donde las sociedades se rompen por dentro antes de romperse por fuera.
Escribo esto para decir algo muy simple y urgente, no se puede negociar ni tolerar la deshumanización. No podemos continuar con la advertencia esperando que “se calme solo”. Nunca se calma solo.
El periodismo no está para quedar bien, está para dejar constancia. Para decir “esto estaba pasando” cuando otros prefirieron hablar de otra cosa. Para incomodar al poder cuando el poder se vuelve peligroso. Para recordar que los derechos no se pierden de golpe, se ceden.
Minneapolis no fue un accidente. El asesinato de Renée Good a manos de un agente de inmigración estadounidense en enero de 2026 fue el primer golpe capaz de despertar una reacción que dejó de ser local y se volvió nacional.
Organizaciones de defensa de derechos humanos, comunidades migrantes y vecinos impactados salieron a las calles en múltiples ciudades del país después de que Good fuera baleada durante una operación de control migratorio en plena vía pública, en pleno día, sin que hubiera una amenaza evidente que justificara la fuerza que se usó. Protestas pacíficas, marchas, vigilia frente al lugar donde ocurrió la tragedia y un llamado de responsabilidad oficial se convirtieron en un fenómeno que trascendió geografía y comunidad.
Pero lejos de aplacarse, la tensión sibió rápidamente cuando el 24 de enero de 2026 otro hombre, Alex Pretti, fue asesinado por agentes federales en el mismo Minneapolis. La brutalidad del acto que fue captada en video y contradictoria con la versión oficial que intentó justificarlo como acción defensiva, encendió una indignación que no se parecía a ninguna otra al menos en lo que hemos visto estos años. Pretti, un enfermero de cuidados intensivos, no era un criminal clandestino ni un agitador profesional. Estaba ahí, con un teléfono en la mano, documentando lo que veía, intentando ayudar a una persona, cuando fue empujado al suelo y tiroteado repetidamente por agentes federales.
Estas dos muertes, en menos de tres semanas, activaron no sólo protestas, sino un movimiento social de escala nacional, con marchas, bloqueos, marchas multitudinarias, acciones coordinadas bajo nombres como “ICE Out for Good” y una oposición que reclamaba no sólo justicia para las víctimas sino el fin de una agencia que, en la práctica, estaba operando sin controles efectivos. Desde Minneapolis hasta San Francisco, Charlotte, Boston y Los Ángeles, miles marcharon exigiendo respuestas, responsabilización y cambios reales en políticas migratorias y de aplicación de la ley.
En un país que ya estaba politizado hasta el tuétano, estas muertes no sólo exacerbaron la polarización, sino que mostraron algo que pocos querían ver, que no se trata de “errores aislados” sino de una estrategia de fuerza desproporcionada y una lógica de confrontación institucional, que en cada declaración oficial se intentó defender con eufemismos o justificaciones que parecían diseñadas para minimizar la responsabilidad de los agentes involucrados a los que se les ve bailando y aplaudiendo después de hacerlo. La respuesta del gobierno federal fue en muchos casos repetir la misma narrativa de siempre, que los agentes actuaron por amenaza o necesidad y que cualquier crítica era exagerada o motivada políticamente.
Políticos, figuras públicas y líderes de comunidades marginadas empezaron a cuestionar abiertamente no sólo a ICE, sino al uso de la fuerza como instrumento de control interno, planteando una pregunta clave ¿hasta qué punto una sociedad tolera la violencia estatal cuando esta se vuelve dirigida, repetitiva y mortífera? Muchos observadores y participantes activistas señalaron que estos hechos no eran incidentes aislados sino parte de un patrón más amplio de militarización de la vida civil, con agentes federales enmascarados, con mayor autonomía y sin identificación clara, lo que dispara un nivel de desconfianza que puede volverse combustible social, incluso autoridades locales y estatales han tenido que salir a hablar de la crisis, no sólo aplaudiendo las protestas, sino rechazando públicamente las tácticas federales e intentando proteger a sus comunidades, esto muestra que la presión no proviene únicamente de los movimientos sociales sino de sectores del propio aparato político que ahora están sintiendo el efecto de la fractura social.
Un episodio impresionante que demuestra el punto de quiebre es la declaración de Kris Mayes, fiscal general de Arizona, quien dijo que ante la presencia de agentes federales sin identificación clara, sugirió que la ley estatal de “self-defense” (un principio que autoriza el uso de fuerza letal cuando alguien se siente amenazado) podría ser interpretada como justificación para que residentes responden con fuerza contra agentes encapuchados si los perciben como una amenaza. Esa clase de declaraciones no sólo alimenta el fuego, sino que deja claro que las tensiones no están confinadas a Minneapolis o a redes sociales sino que están siendo articuladas desde dentro del sistema mismo, abriendo la puerta, literalmente, a un choque directo entre civiles armados y agentes federales en espacios urbanos ordinarios.
No se trata de una guerra civil inminente , al menos por ahora, sino de una sociedad donde la violencia ya no es el último recurso sino una respuesta cotidiana, algo del día a día, donde las consecuencias legales, políticas y comunitarias siguen un camino cada vez más impredecible, se van armando como les conviene y así las presentan en ruedas de prensa.
Ahora, preocupa muchísimo que lo que está ocurriendo en Estados Unidos no se queda al norte del Río Grande; ha encontrado eco, imitación y adhesión en varios países de América Latina. Y es más que un espejo, es una especialmente peligrosa ola transnacional de discursos y prácticas autoritarias que muchos gobernantes o candidatos radicales están tomando como modelo, sin importar las consecuencias para las democracias de sus propios pueblos.
En Argentina, la consolidación política de Javier Milei es uno de los ejemplos más nítidos de este fenómeno. Milei no solo ha dicho adiós a la tradicional izquierda vs. derecha, sino que ha promocionado un discurso fuertemente alineado con la agenda de la nueva derecha global 2.0, repudiando sistemas como el “socialismo” y proponiendo un estilo de gobierno donde el Estado pierde terreno frente al mercado y el orden autoritario. Su gobierno ha ido incluso más allá del populismo tradicional, interviniendo estructuras como el puerto de Ushuaia bajo la justificación de una “mejor administración”, medidas que la oposición interpreta como una violación de la autonomía provincial y un alineamiento con intereses estratégicos de Estados Unidos.
Milei ha buscado posicionarse en foros globales como Davos como un referente de la “nueva derecha”, acompañado de figuras del establishment económico y político que le permiten ser vistos como figuras de poder más allá de Argentina. Y no es solo un gesto… hay inversionistas y actores financieros internacionales que ya ven en países con gobiernos más afines a Estados Unidos como Argentina, El Salvador y otros, oportunidades de mercado, incluso si la economía real de esos países se deteriora bajo políticas insostenibles. Esto, claramente, es un proyecto de poder global y local, no solo una serie de decisiones ignorantes, es un plan y se está consumiendo.
Por ejemplo El Salvador, que con Nayib Bukele se transformó durante años en un laboratorio de seguridad dura que fue aplaudido por sectores conservadores por reducir los homicidios con medidas que violan derechos básicos y restringen libertades democráticas. El éxito de Bukele se debe en parte a que ofreció resultados tangibles a cambio de cesión de libertades, y eso le ganó la aprobación local y atención internacional. Liderazgos como el suyo ofrecen una narrativa que recuerda a modelos autoritarios “seguridad primero, derechos después”. Cuando Estados Unidos observa, aprueba y ensalza esa lógica, ese patrón se convierte en un modelo exportable que otros líderes abrazan sin demasiadas pudorosas preguntas sobre consecuencias. Entonces una cosa buena tapa los cientos de barbaridades que se cometen.
Así que no estamos ante un problema de un solo líder o un solo país; estamos ante una red de normalización del autoritarismo y la deshumanización, donde las jerarquías del miedo y el orden reemplazan la empatía y la justicia, parece 1939 pero en streaming.
Miren lo que pasó en Venezuela, se llevaron al dictador pero dejaron la dictadura. ¿no? Si el “triunfo” de eliminar a un líder controvertido no destruyó la dictadura en un país, si solo se llevó al hombre sin desmantelar las estructuras que permitieron su poder, la lección es clarísima, no se trata de figuras individuales, sino de sistemas y narrativas. Y cuando figuras como Milei, Bukele y otros terminan alineándose con líderes internacionales que promueven políticas similares, lo que se está construyendo es un paradigma político que vuelve normal la exclusión, la retórica de miedo y el culto a la autoridad sobre la democracia.
Hemos visto que las civilizaciones no suelen morir por un gran estallido, sino por acumulación de pequeñas renuncias. Se renuncia a la empatía por seguridad, a la justicia por orden, a la verdad por conveniencia, al otro por miedo. Y cuando eso se normaliza en varios países al mismo tiempo, ya no hablamos de política, hablamos de deriva global, estamos naufragando solamente que no se han dado cuenta que vamos en el mismo barco.
Tal vez esto no sea el fin de la civilización, de pronto es solo otra época oscura. Pero toda civilización que acepta la crueldad como normal deja de serlo en el sentido profundo de la palabra.
Todavía hay tiempo. Siempre lo hay… hasta que deja de haberlo.
Por: Dariel Conway
Imágen: Autor: Stephen Maturen | Crédito: Getty Images