Hoy me salió este tipo de contenido “estoico” en redes, ese que repiten como si fuera una verdad absoluta que quejarse es veneno, que es de débiles, que el problema está dentro de uno mismo. Y honestamente, me parece una estupidez peligrosa. No somos emperadores romanos viviendo en palacios ni comandando legiones. No somos Marco Aurelio escribiendo reflexiones desde el poder absoluto. Somos gente común tratando de sobrevivir en sistemas rotos. Este nuevo estoicismo de redes sociales se volvió una especie de pensamiento hippie moderno que no busca fortalecer a nadie, sino enseñarle a la gente a agachar la cabeza, adaptarse y callarse mientras todo alrededor funciona mal. Y justamente por eso vale la pena decir lo contrario.

Quejarse en redes no es lloriqueo. Es munición. Porque vivimos en un mundo donde casi todo parece hecho para que uno se resigne: la EPS que no atiende, el político ladrón, el curador corrupto, el festival amañado… y encima te dicen que no te quejes, que eso aburre.

Esa frase de “quejarse aburre” o “quejarse es de cobardes” tal vez le funcionaba a un emperador romano con legiones y esclavos como al que le atribuyen la frase que inicia este artículo. Él no necesitaba quejarse, ordenaba y ya. Nosotros no tenemos espada, ni ejército, ni medios masivos. Lo único que tenemos es la palabra y esa visibilidad frágil que nos dan las redes y la voz independiente. Por eso, en este contexto, callar termina siendo complicidad. Quejarse es decir no me trago esta mierda delante de todos, sabiendo que te van a caer trolls, que algunos contactos se alejan y que ciertas oportunidades se cierran. Eso no es cobardía. Eso tiene un costo personal real.

Claro, existe la queja vacía, el pataleo sin datos, el chisme, el ruido por deporte. Pero la denuncia con nombres, fechas, documentos, capturas y memoria es otra cosa. Eso es archivo. Eso es prueba. Eso deja constancia de que no todos se hicieron los pendejos mientras el sistema se robaba todo. Sin esos “quejones” no existirían pruebas de corrupción en la cultura, ni memoria de las víctimas de la salud, ni registro de cómo manipularon escenas completas.

También está el clásico “la queja no sirve para nada”. Sirve más de lo que creen. Sirve para que otros que están pasando lo mismo entiendan que no están locos ni solos. Sirve para presionar instituciones que odian quedar expuestas. Sirve para construir otras narrativas cuando los medios oficiales prefieren mirar hacia otro lado. Tal vez un post no cambia el mundo, pero sí va desgastando el discurso oficial poco a poco.

Y hay algo más… quejarse en público implica riesgo. Te pueden vetar, bloquear, cerrarte puertas, ponerte la etiqueta de conflictivo. El que habla se juega la comodidad. El que se queda callado desde su sillón moralmente superior diciendo que “quejarse aburre”, muchas veces solo está cuidando sus privilegios. Porque es fácil decir “no te quejes, actúa” cuando ya tienes el lugar asegurado.

Hoy mucha gente se autocensura por miedo a perder trabajo, beca, contrato o likes. Por eso, denunciar con nombre propio se parece bastante a disparar, apuntas contra un poder, una estructura, una mentira. No destruye todo, pero incomoda. No tumba el sistema, pero lo hace tambalear. No es suficiente, pero es necesario.
Así que sí, quejarse por quejarse cansa. Pero denunciar injusticias con argumentos, pruebas y nombre propio es exactamente lo contrario de la cobardía. Es lo único que queda cuando te han quitado todas las demás armas.

Y hay que usarlo.

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