En Colombia la desigualdad tiene proporciones de película de ficción, no es exageración, es una realidad, es una maquinaria activa, sofisticada, que funciona con la precisión de un reloj suizo y la crueldad de un sistema que aprendió a normalizar el abuso. Cada esfera de la vida cotidiana, desde el costo de un concierto hasta el precio de un apartamento mediocre, es un recordatorio de que vivimos en un país donde la mayoría sostiene un modelo que beneficia a una élite ínfima y siempre intocable y en donde se hace muy extraño que a pesar de todo lo que van a leer a continuación, mucha gente viva acá como si ganaran trabajando en Suiza.

Esta reflexión nació en un momento inesperado, vino a la cabeza al conocer los precios de las boletas para el próximo concierto de Iron Maiden en 2026 en el país… y ahí me volví a reafirmar en mis pensamientos… en Colombia, incluso el entretenimiento también está diseñado para reproducir jerarquías. Un simple concierto terminó convirtiéndose en un espejo brutal de la estúpida y absurda estructura económica y social del país.

Y así comienza esta crítica, a partir de un hecho aparentemente banal se desenrolla el hilo que conecta salarios indignos, costos desproporcionados, corrupción incrustada en la médula del Estado y una población que por cansancio o por supervivencia ha aprendido a aceptar lo inaceptable, a arrodillarse y a partirse el alma y la vida para vivir con algo de dignidad. Ojo, no es un lamento, sería demasiado fácil reducirlo a eso como lo hacen casi siempre los positivo-tóxicos de esta patria, esto es un intento por decir lo que muchos sienten pero pocos son capaces de decir… la sensación de vivir en un país que exige dignidad mientras está diseñado para negarla, para tratarnos como perros.

 

 

Si en los países funcionales los indicadores económicos cuentan historias de progreso, en Colombia las cifras revelan un abismo con sueldos mínimos que apenas cubren la mitad del costo de experimentar la cultura, universidades con tarifas que en proporción superan a Harvard, electrodomésticos y alimentos más caros que en Europa y bienes de primera necesidad cuyo precio duplica el esfuerzo de quienes los producen. Aquí se ganamos como en Haití, pero se paga como en Noruega. Y aun así, los discursos oficiales insisten en decir que “no es tan grave”, que todo es percepción, que la indignación es exagerada.

Este pequeño ensayo propone (nuevamente) mirar de frente esa incongruencia cruda y constante. No para victimizarse, sino para entender el peso real de vivir en un país donde la cotidianidad es una confrontación permanente con el absurdo económico, el descaro político y la desigualdad normalizada. Una reflexión que nace del fastidio, del cansancio, del hastío, pero sobre todo de la lucidez de quien se rehúsa a seguir callando mientras el país se cae a pedazos entre aplausos y negaciones. No todos los colombianos somos estúpidos.

La desigualdad se ve en todos lados. No hay que irse a Ciudad Bolívar ni a El Poblado para verla, se siente con caminar por cualquier calle. En una esquina, alguien contando monedas; en la otra, alguien bajándose de un carro que cuesta más que todo un edificio donde viven cien familias. Todo ocurre en el mismo país, en la misma cuadra, como si fuera normal. Como si fuera lógico.

Y lo más jodido es que lo empezamos a ver como paisaje, como si no hubiera otra forma de vivir. Nos acostumbramos a tener que pelear por todo, por un trabajo que pague algo decente, por un arriendo en un roto horrendo que no le acaba a uno el sueldo, por un pedazo de comida que no esté inflado al triple. Mientras tanto, otros viven en un mundo paralelo dentro del mismo país, comprando casas de millones de dólares y pagando en un día lo que uno gana en meses. Es obsceno. Y lo peor es que ya ni sorprende, normal “el que no tranza no avanza”.

La desigualdad también se siente en el cuerpo, en el cansancio de trabajar más de lo que vale el sueldo, en el estrés de saber que cualquier imprevisto te descuadra todo, en la resignación de no poder planear nada a largo plazo porque aquí vivir es apagar incendios, no construir futuro. Y aun así, hay quien dice que uno exagera. Que el país no está tan mal. Que “hay que ver lo positivo”. Esa frase debería ser patrimonio de los que nunca han tenido que elegir entre pagar un recibo o comprar comida.

Mientras tanto, los que sí viven esa realidad saben que la desigualdad no es un sentimiento sino un cálculo matemático brutal. Es mirar un apartamento espantoso de 200 millones y saber que ni trabajando toda la vida alcanzaría. Es ver el sueldo mínimo y compararlo con lo que cuestan las cosas y darse cuenta de que el país no tiene sentido. Es tener claro que aquí uno trabaja para sobrevivir, no para vivir bien.

Cada vez que uno mira alrededor y ve ese abismo, entiende que este país no está solo mal diseñado sino colapsado, es un bar, no un país, esto está diseñado para que funcione solo para unos pocos. Y la desigualdad no es una consecuencia; es el sistema mismo, una máquina perfecta hecha de corrupción para que la mayoría coma mierda mientras unos pocos se dan banquetes.

 

 

Un ejemplo claro: los conciertos.

La experiencia de querer ver a una banda grande en Colombia es una grano infectado. En un país donde el salario mínimo es de 1.200.000 COP, ¿cómo mierdas justifican que una entrada para ver a Iron Maiden cueste 700.000 COP? La respuesta es simple, porque este país no está hecho para uno. Está hecho para los que tienen dinero, para los que viven como si la plata nunca fuera un problema. Mientras tanto, el resto de nosotros, los que tenemos que hacer malabares para llegar a fin de mes, nos tragamos la impotencia con una sonrisa o directamente ni siquiera nos molestamos en intentar ir.

Haciendo un ejercicio de comparación, veamos cómo se distribuye esto en otros países:

El concierto de Iron Maiden en Colombia cuesta casi el 60% del salario mensual de una persona ganando el salario mínimo. Esto no es solo caro, es un maldito abuso. En otros países, como Estados Unidos o España, un estadounidense paga solo el 6–7% de su salario y un español entre el 8 y el 10%. Pero en Colombia, parece que nos han hecho creer que este es el precio justo. Que es lo normal. Que si no puede pagar, no tiene derecho a disfrutar de lo que otros tienen. La cultura se convierte en un privilegio de clase, y la música, que debería ser un espacio de encuentro, se transforma en una forma de dividir aún más a la sociedad y por eso ahora entienden porque las entidades que manejan la cultura gratuita desde el Estado son tan corruptas, porque tienen millones de pendejos esperando las migajas, todo es un negocio redondo para unos pocos.

Los conciertos no son solo un reflejo de lo caro que es todo en este país, son un espejo de lo que somos como sociedad. Aquí, lo que no se paga con dinero, se paga con sacrificios, es la gente que tiene que dejar de comer, la que se ve obligada a hacer malabares con los gastos solo para tener un chance de disfrutar de un show que no va a cambiar su vida, pero sí va a empeorar su bolsillo. Lo peor es que hay gente que paga esos 700.000 COP sin pensarlo. Gente que no tiene idea de lo que significa vivir con un salario mínimo, gente que puede permitirse gastar 700.000 en algo que otros no pueden ni soñar. Para ellos, este país sigue funcionando como una máquina bien aceitada que dice que “todo es posible si trabaja duro”, sin tener en cuenta que trabajar duro no es suficiente cuando la distancia entre los que tienen y los que no se hace cada vez más grande. Trabajar acá no da dinero para vivir, punto.

Y ahí es donde las grandes empresas de entretenimiento se aprovechan para seguir lucrándose con la desigualdad. La brecha entre los que acceden al lujo y los que están al borde de la miseria se sigue ampliando. Y no se trata solo de dinero, se trata de acceso a una vida que muchos consideran normal y sin darse cuenta se siguen construyendo monopolios… normal, esto es Colombia ¿Qué se puede esperar?
Así, en esta tierra, la cultura y el entretenimiento se convierten en una herramienta de exclusión, en lugar de ser una vía para la integración social. Se convierten en una máscara para ocultar la verdadera cara de Colombia, un país que es tan desigual que ni siquiera en un evento masivo y popular se puede encontrar un espacio de igualdad, nisiquiera en Rock al Parque con su “Zona VIP”. Eso es lo que hay ¿no? ¿Si no les gusta váyanse” diría un colombiano.

La corrupción está incrustada en las entrañas del país, es la médula del maldito sistema ¿De qué sirve trabajar como un perro, si lo que ganamos va a parar a un Estado que no hace nada para mejorar la vida, pero sí para seguir enriqueciéndose con la plata de todos? Cada vez que se habla de “los impuestos”, es como si estuviéramos siendo castigados por algo que no hicimos, por vivir en un país donde el dinero se diluye en el aire, en contratos amañados, en sobornos, en instituciones que deberían estar sirviendo al pueblo pero que sirven solo a sus intereses.

 

 

Los recursos que deberían ser invertidos en educación, salud, infraestructura, o en el bienestar de la gente, se van por el caño en bolsillos privados. No estamos hablando de “errores” o de “fallas en el sistema”; estamos hablando de un sistema diseñado para robar. Y lo peor de todo es que, cuando un escándalo de corrupción sale a la luz, lo que se ve es solo la punta del iceberg. Los medios hablan de unos cuantos, se dan unos cuantos “responsables”, pero el sistema sigue intacto. Sigue alimentándose de la miseria de la gente que no tiene nada más que dar.

La corrupción en Colombia está en todos lados, desde el pequeño funcionario que pide una “mordida” por un trámite hasta los contratos millonarios que se entregan sin licitación alguna a empresas vinculadas a políticos de turno. Desde las tierras que se entregan a dedo hasta las decisiones que se toman en los escritorios de los poderosos, blindados por una estructura legal que solo beneficia a los que ya tienen. Es el motor de todo, es lo que permite que la élite siga ganando, que los ricos sigan siéndolo y que el resto de nosotros sigamos metidos en una espiral asquerosa de frustraciones y de desilusiones.
La corrupción está en el contrato que paga de más por un hospital que nunca se construye, en el alcalde que gasta la plata destinada para viviendas en su bolsillo personal, en los jueces que venden su veredicto al mejor postor. La corrupción está en cada rincón de este país, cubriéndolo todo como un manto invisible que ahoga cualquier intento de cambio real.

Para muchos, vivir en Colombia es vivir con miedo, el miedo a caer, el miedo a no alcanzar, el miedo a que la próxima vuelta de la vida sea la que te deje abajo del todo. Y al mismo tiempo ves a gente que vive en mansiones de millones de dólares como si nada. Gente que parece habitar otro universo dentro del mismo país, donde la plata no duele, no pesa, no se acaba. Ellos viven en modo “primer mundo”, mientras el resto vivimos en modo “sálvese quien pueda”, “hecha la ley, hecha la trampa”, “A papaya puesta, papaya partida” y todas esas estupideces de que nos enseñan desde niño… “Usted tiene que salir adelante” y ¿qué es salir adelante? Literalmente dejar a los demás atrás, porque acá para que usted gane algo, otro lo tiene que perder. ¿no?

Y lo más absurdo es que muchos ya ni lo cuestionan. Se acostumbran. Lo normalizan. Se ríen para no pensar. Siguen adelante porque ¿qué otra opción hay? Esa es la cotidianidad en un país desigual: sobrevivir mientras te dicen que deberías estar agradecido. Colombia es pasión, la potencia mundial de la vida, el riesgo es que te quedes… también la condena.

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