El mundo está obsesionado con el dinero y con cifras, el éxito artístico se reduce a taquillas millonarias, streams masivos en Spotify y ventas astronómicas en subastas, dejando de lado la esencia que hace eterna una obra. Esta métrica fácil y puerca, esa maña de medir todo en billetes, dictada por algoritmos y gustos de masas adormecidas, cataloga como “fracaso” a joyas que exigen reflexión, mientras exalta basura comercial que evapora en semanas. ¿Cuántas películas brillan en retrospectiva tras los bombazos de marketing iniciales? ¿Cuántos músicos geniales languidecen con miles de visitas mientras ídolos pop acumulan billones? El arte hoy es un negocio de comida rápida; pero el valor del verdadero arte radica en trascender el momento, no en llenar bolsillos.

Miremos el cine actual, donde Hollywood dicta veredictos irrisorios, por ejemplo “Blade Runner” de Ridley Scott (1982) costó 28 millones de dólares y recaudó apenas 34, fue eclipsada por “E.T.” y “La cosa”, ganándose el nombre de fiasco. Warner Bros. la vio como una pérdida, pero el VHS y el DVD la catapultaron a clásico de culto, influyendo en “Matrix” y definiendo la sci-fi distópica para siempre. Lo mismo pasó con “Donnie Darko” (2001), que se estreno post-11S con cero promoción por culpa de su escena del avión cayendo, con taquilla ínfima, pero el culto fanático la resucitó alquilándola, hoy se sigue debatiendo su narrativa onírica con Jake Gyllenhaal. O “Mi vecino Totoro” de Hayao Miyazaki (1988), doblete fallido con “La tumba de las luciérnagas”, hermosas joyas que el merchandising y reestrenos la rentabilizaron décadas después. “West Side Story” de Spielberg (2021) ni cubrió ni los 100 millones del presupuesto, aplastada por pandemias y superhéroes, pero los Oscars la validaron como un referente eterno. “El último duelo” (2021) y “Ad Astra” (2019) siguieron el patrón de taquillas pobres pero con alabanzas de los críticos, fueron totalmente ignoradas por culpa de blockbusters como “Avengers”. En las artes el tiempo juzga mejor que los bolsillos.

La música está aun peor, Spotify, tirano de streams, corona a Taylor Swift o Bad Bunny con 100+ millones mensuales, mientras genios como The Chameleons (200k oyentes) o Stereolab (700k) sobreviven en nichos post-punk. Minutemen (375k), Husker Du o Black Flag, pilares punk, rara vez superan millón; Drive Like Jehu (23k) es leyenda hardcore pese a “Yank Crime”. Elliott Smith y Nick Drake murieron subvalorados, vendiendo millones póstumamente. Creedence Clearwater Revival tiene hits billonarios aislados, pero un catálogo completo eclipsado por pop actual. ¿Éxito es la viralidad o la influencia perdurable? La música hoy es desechable y a eso hay que sumarle los cientos de bandas y músicos de IA que son hit mundial.

En pintura, la miseria es la ley. Recuerden que Vincent van Gogh vendió una sola obra en vida por muy poco dinero, fue sostenido casi siempre por su hermano; hoy, sus pinturas valen millones en subastas. Johannes Vermeer luchó contra la pobreza con 34 cuadros ignorados hasta siglos después. El Greco fue ridiculizado en España pero renació en el siglo XIX; Claude Monet, Gauguin y Henry Darger murieron pobres, póstumamente se convirtieron en artistas icónicos. Todo esto frente a Banksy o Warhol que venden obras de más de 100 millones de dólares, estos genios prueban que el mercado inicial es ciego e incluso ignorante. Una obra inexistente, un puñado de aire se vendió por miles de dólares. ¿Concepto o estupidez?

Esta dictadura numérica, potenciada por plataformas y ese invento llamado Economía Naranja, convierte a los artistas en “emprendedores” midiendo su impacto por dinero, no por alma. Todo ahora son encuestas, números, ratings que asfixian la innovación. Pero el arte resiste siempre, los fracasos taquilla se convierten de culto y valorados vía streaming o coleccionistas; los bajos streams forjan legados underground. La porquería fácilista premia el conformismo, pero la historia reivindica disidentes. Rechacemos esta mamera; es insoportable, midamos por huella cultural, no por bolsillos.

Hoy vivimos en una sociedad anestesiada por lo inmediato, por algoritmos que pastorean gustos y un capitalismo cultural que valora el chicle masticable sobre el diamante crudo, incluso en los mercados culturales ahora las charlas son de “cómo lograr que el algoritmo los posicione”. No es casual que un blockbuster de superhéroes como “Avengers: Endgame” (2019) ingrese 2.790 millones mientras “The Irishman” de Scorsese (2019) apenas roza 8 millones en cines, confinada a Netflix para ser redescubierta por mentes pacientes. La métrica financiera no mide arte; mide la obediencia al rebaño dopado por trailers virales y FOMO colectivo. Hollywood lo sabe, invierten 300 millones en CGI explosivo porque regresa 1.000; una elegía como “Manchester by the Sea” (2016), con su duelo gutural y Casey Affleck desolado, recauda 79 contra 9 presupuestados, pero late en festivales y terapias privadas, no en los bancos. Esta dicotomía revela el núcleo podrido… el público, educado en soundbites, rechaza complejidad porque exige digestión lenta, mientras productores priorizan el retorno de la inversión sobre revelación humana.

Pero ¿de dónde nace esta estupidez colectiva? Del neoliberalismo posmoderno, donde “Economía Creativa” (Colombia incluida) mide todo en la ocupación de sillas, ganancias, impacto social cuantificable. Festivales como Coachella priorizan lo masivo sobre el jazz experimental o el rock; las galerías apuestan por ediciones limitadas baratas en lugar del óleo eterno. El resultado es que los artistas independientes tienen que autofinaciarse con herramientas como Patreon para poder crear libremente y liberarse de esas métricas tóxicas cambiándolas por comunidades fieles. El antídoto reside en reivindicación lenta, “2001: Odisea del espacio” recaudó solo 12 millones de los 146 que costó, pero hoy está en la cima cinematográfica; Kafka quemó manuscritos por el desespero, pero fue póstumamente inmortal. La estupidez colectiva es temporal; el arte genuino, como vino enterrado, fermenta grandeza ignorada por narices vulgares.

En Colombia, donde las convocatorias estatales puntúan el “impacto económico” sobre la disidencia, esta lucha es vital. La verdadera porquería no es el fracaso numérico; es rendirse al billete fácil, traicionando el pulso que hace humana la creación. Mañana, ignora las listas; busca lo que duele y transforma.

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