Las nominaciones a los Academy Awards 2026 llegaron como llegan casi siempre: con entusiasmo inicial, con sorpresa selectiva y con esa sensación de “esto ya lo he visto antes”, pero este año el ruido fue más fuerte, en parte porque hay películas que de verdad lo merecen y en parte porque hay otras que parecen haber sido nominadas por inercia, como si la Academia estuviera atrapada en una batalla que repite todos los años, aunque cambien los títulos.
El gran elefante en la sala es Sinners, que apareció con 16 nominaciones, una cifra que impresiona, abruma y al mismo tiempo despierta sospecha. No porque sea una mala película —no lo es— sino porque representa perfectamente ese cine que la Academia adora: ambicioso, oscuro, solemne, cargado de simbolismo y con una puesta en escena diseñada para gritar “importancia”. Sinners tiene músculo, tiene actuaciones sólidas, tiene discurso, pero también tiene esa sensación de obra construida para resistir cualquier lectura crítica, como si cada plano estuviera blindado contra la duda. Es cine grande, sí, pero también es cine calculado, y ahí es donde empieza la conversación incómoda.
Porque cuando una película arrasa así, inevitablemente se pregunta uno si estamos frente a una obra maestra indiscutible o frente a otro caso de “la Academia encontró su película del año y decidió empujarla hasta el final”. Sinners es potente, pero no necesariamente es la más arriesgada, ni la más libre, ni la más viva de todas las nominadas. Su encanto está en la precisión, su desencanto en la falta de sorpresa. Uno la admira, pero no siempre la siente.
Y mientras Sinners avanza como tanque, otras películas entran en esa vieja guerra que los Oscar parecen condenados a repetir: la del cine épico contra el cine íntimo, la del relato histórico contra la experiencia personal, la del drama solemne contra la propuesta más juguetona o incómoda. Una batalla tras otra, año tras año, con distintos nombres pero con el mismo guion. Hay cintas que llegan con el respaldo de grandes estudios, campañas millonarias y un relato externo tan fuerte que casi compite con la película misma, y hay otras que llegan con menos ruido, pero con más alma, peleando espacio a codazos.

Lo divertido de estas nominaciones está justamente ahí, en ese contraste. Hay películas que entraron porque nadie podía ignorarlas, y otras que entraron porque representan exactamente lo que la Academia sabe digerir. Algunas propuestas más atrevidas aparecen relegadas a categorías técnicas, como si se les dijera “gracias por innovar, pero no se emocionen”, mientras los premios grandes se reservan para narrativas más seguras. No es injusticia pura, es más bien una declaración de gustos, y esos gustos siguen siendo bastante conservadores.
Aun así, no todo es cinismo. Entre las nominadas hay momentos de cine que valen la pena defender con pasión: interpretaciones que cargan la película entera sobre los hombros, decisiones de dirección que arriesgan, aunque sea dentro de un marco clásico, guiones que encuentran humanidad incluso en historias ya contadas mil veces. El encanto de los Oscar sigue siendo ese: obligarnos a revisar, a comparar, a discutir con amigos, a estar de acuerdo en unas cosas y a pelear por otras.
El problema aparece cuando el equilibrio se rompe y la balanza se inclina demasiado hacia lo predecible. Cuando una película como Sinners acumula 16 nominaciones, no solo se celebra su calidad, también se envía un mensaje: este es el tipo de cine que queremos premiar. Y ahí es donde muchos amantes del cine levantan la ceja, no para atacar la película, sino para preguntarse qué quedó por fuera, qué se consideró demasiado raro, demasiado pequeño o demasiado incómodo para entrar en la fiesta grande.
En dirección la cosa parece aún más cantada. Aquí la Academia suele premiar el control, la ambición y la sensación de “obra total”, y todo apunta a que el Oscar irá para el responsable de llevar a buen puerto esa maquinaria gigantesca que es Sinners. Es el típico premio que se entrega con la frase implícita de “esto no se hace todos los días”, aunque sepamos que ese tipo de cine sí se hace… bastante seguido.
Donde la batalla se pone más interesante es en las actuaciones. Aquí es donde las narrativas externas pesan tanto como lo que pasa en pantalla. Hay interpretaciones más contenidas, más humanas, más cercanas, que probablemente conectaron mejor con el público cinéfilo, pero la Academia tiende a inclinarse por los personajes intensos, sufridos, transformacionales, esos que permiten decir “este actor se dejó la piel”. Si Sinners no se lleva todos los premios actorales, no será por falta de calidad, sino porque en estas categorías el Oscar ama repartir justicia poética, carreras, regresos y compensaciones atrasadas.
El guion es otro campo minado. Si gana el de Sinners, será leído como confirmación absoluta de su dominio. Si pierde, será el espacio donde la Academia intente equilibrar la balanza y decir “sí, nos encanta esta película, pero también vemos otras cosas”. Ahí es donde puede aparecer una de esas victorias que levantan aplausos sinceros entre los amantes del cine, una pequeña rebelión controlada dentro del sistema.

Y luego están esas categorías que siempre funcionan como termómetro del alma del año: película internacional, animación, documental. Ahí suelen aparecer las decisiones más interesantes, menos contaminadas por la maquinaria de Hollywood, y no sería raro que varias de las películas más comentadas fuera del circuito comercial terminen saliendo de ahí con premios que, paradójicamente, se sienten más honestos que los grandes galardones.
Y ahí está la gracia. Los Oscars 2026 no van a cerrar el debate, lo van a encender. Porque más allá de quién se lleve la estatuilla, lo que queda es la conversación, las listas personales, las defensas apasionadas y los reclamos inevitables. Sinners quedará como el gran símbolo de esta edición, para bien y para mal, y el resto de las películas seguirán viviendo donde siempre ha vivido el cine que importa de verdad: en la discusión, en la memoria y en esa sensación persistente de que, gane quien gane, el cine siempre es más grande que el Oscar.
Y si algo atraviesa estas nominaciones como un pulso constante es la idea de una batalla tras otra, no solo entre películas, sino entre miradas del mundo. Muchas de las cintas nominadas dialogan con temas sociales urgentes —violencia estructural, culpa colectiva, memoria, identidad— pero lo hacen desde lugares muy distintos. Algunas optan por el golpe directo, por la denuncia explícita, por el dramatismo que no pide permiso, mientras otras eligen caminos más íntimos, casi susurrados, confiando en que la emoción poética también puede ser política. Esa tensión se siente con fuerza este año y explica buena parte de las decisiones de la Academia.
Ahí es donde Sinners se vuelve una fuerza dominante. No solo por sus 16 nominaciones, sino porque representa el cine de impacto total: técnico, visual, sonoro, narrativo. Es una película que convierte el conflicto social en espectáculo oscuro, denso, estilizado, casi ritual. La Academia ama eso, porque le permite premiar compromiso sin renunciar al despliegue visual. Sinners no solo va a arrasar en lo técnico, lo va a hacer con autoridad, fotografía, diseño de producción, sonido y montaje parecen prácticamente escritos con su nombre, y en ese terreno es difícil imaginar un competidor real.
Pero la verdadera batalla no está ahí, sino en lo que Sinners no es. Porque mientras esa película impone peso, hay otras que apuestan por lo frágil, lo íntimo, lo poético, y en esa vereda aparece con fuerza Hamnet, una de las propuestas más emocionales de esta edición. Hamnet no grita, no subraya, no empuja, se desliza. Es cine que trabaja desde la ausencia, el duelo, la palabra no dicha, y precisamente por eso conecta de manera profunda con un espectador dispuesto a dejarse atravesar.
Su problema, si puede llamarse así, es que ese tipo de sensibilidad rara vez gana las grandes batallas del Oscar, aunque suele quedarse con el respeto más duradero.
Esta oposición —lo monumental frente a lo delicado— define buena parte de la carrera. Mientras Sinners pelea con imágenes que buscan imponerse, Hamnet lo hace con silencios que piden atención. Es una batalla visual y poética, músculo contra emoción, control contra vulnerabilidad. La Academia suele inclinarse por el primero cuando llega el momento de decidir, pero necesita del segundo para no perder del todo su alma, y ahí es donde aparecen premios “compensatorios” que intentan equilibrar el relato.

Y luego están las ausencias, que este año duelen más de lo habitual. Dejar por fuera a Guillermo del Toro como director no es solo una omisión, es una declaración. Del Toro representa un cine autoral que logró dialogar con el sistema sin diluirse, y su ausencia confirma una sensación incómoda: cuando el riesgo formal no viene acompañado de una narrativa fácilmente vendible, la Academia prefiere mirar hacia otro lado. No es castigo, es cálculo, y eso siempre deja un sabor amargo entre los cinéfilos.
En el terreno actoral, en cambio, el panorama parece mucho más claro. Todo indica que Timothée Chalamet tiene el camino allanado. Su actuación reúne exactamente lo que el Oscar suele premiar: transformación visible, intensidad emocional, carisma y una carrera que parece estar entrando en su “momento consagración”. No es solo que esté bien, es que el relato alrededor de él está listo. Si gana, no será una sorpresa, será la confirmación de algo que la industria ya decidió hace tiempo.
Así, los Oscars 2026 se perfilan como una ceremonia donde Sinners dominará lo técnico, donde lo visual impondrá su ley, donde lo poético luchará por no desaparecer del todo, y donde algunas decisiones dejarán más preguntas que respuestas. No será una edición revolucionaria, pero sí reveladora. Reveladora de los miedos de la Academia, de sus zonas de confort, y de su dificultad para abrazar del todo un cine que no se deje encasillar.
Al final, esta edición no se recordará solo por quién ganó, sino por las batallas que dejó a la vista. Entre lo social y lo íntimo, entre lo espectacular y lo delicado, entre lo seguro y lo arriesgado. Y como siempre, el verdadero premio no estará en la estatuilla, sino en las películas que seguirán creciendo con el tiempo, incluso aquellas que esa noche se quedaron sentadas, aplaudiendo desde la sombra.
¿Y que hace F1 en Mejor película?