Hoy ya casi nadie habla de la pandemia. La enterramos en silencio porque duele, porque da vergüenza, porque preferimos actuar como si esos años no hubieran pasado, cinco exactamente. Pero olvidar es la forma más rápida de repetir la misma torpeza. Por eso vale la pena volver a mirar, sin filtros ni excusas, todo lo que hicimos mal, no para quedarnos rumiando el desastre, sino para entender cómo un mundo entero pudo perderse en el miedo, la improvisación y la simple estupidez humana.

La pandemia fue, entre muchas otras cosas, una radiografía brutal de nuestra torpeza colectiva. No hablamos de no haber tenido información al principio, porque es normal que un virus desconocido genere dudas; hablamos de todas las decisiones incoherentes, improvisadas, inútiles o directamente absurdas que se tomaron incluso cuando ya se sabía que no tenían sentido. Hablamos de cómo convertimos el miedo en política pública, de cómo mezclamos ciencia a medias con medidas teatrales que tranquilizaban más a los gobernantes que al virus. Hablamos de cómo la humanidad demostró que, con todo su progreso tecnológico, sigue actuando como si estuviéramos en la Edad Media, pero con Wi-Fi.

El primer gran error fue la obsesión por hacer algo, lo que fuera, aunque fuera estúpido. Encerramos a la gente en sus casas mientras se permitían aglomeraciones en bancos, supermercados y transporte público. Cerramos bares porque “el alcohol hace que la gente se acerque”, pero dejamos abiertos centros comerciales donde miles de personas circulaban sin ningún control real. Implementamos toques de queda nocturnos como si el virus tuviera horario de oficina, como si después de las 10 p.m. se volviera más agresivo. Hicimos filas interminables para cumplir el pico y cédula, concentrando más gente en menos horas, exactamente lo contrario de lo que se necesitaba. Y quienes criticaban estas contradicciones eran tratados de irresponsables o de enemigos de la salud pública, como si la coherencia fuera un delito.

Hubo ciudades donde se prohibía caminar solo por un parque abierto, pero se permitía trabajar hombro a hombro en fábricas o call centers porque “la economía no podía parar”. ¿La salud sí? Hubo países que rociaron desinfectante sobre la gente, sobre las calles, sobre mercados enteros, incluso cuando ya se sabía que el virus no se transmitía por superficies de esa manera. Pero el teatro del miedo vende, y las alcaldías estaban felices mostrando carros de bomberos rociando químicos inútiles como si eso fuera una prueba de gestión. Mucha ciencia real, poca sensatez práctica.

Lo peor fue la comunicación. Las autoridades cambiaban las reglas cada semana, a veces cada día, sin explicar nada. Un día el tapabocas era imprescindible, al siguiente no hacía falta en ciertos espacios, luego sí, luego no. Se emplearon términos como “distancia social”, que más que proteger, lograron aislar mentalmente a la población y normalizar el miedo al otro como si el prójimo fuera un enemigo biológico. En vez de enseñar a convivir con el riesgo, nos enseñaron a escondernos de él. Y cuando la información científica evolucionaba, en lugar de corregir sin drama, se tomaba como una contradicción, como si fuera vergonzoso reconocer que se estaba aprendiendo sobre la marcha.

La política también metió mano hasta el fondo. Gobernantes aprovechando cámaras, decretos, discursos épicos, “medidas valientes”, mientras la ciudadanía perdía trabajos, salud mental, estabilidad económica y años irrepetibles. Las cuarentenas largas y mal diseñadas no solo no detuvieron el virus: destruyeron tejido social. La depresión, la ansiedad y la violencia intrafamiliar se dispararon. La educación se improvisó por pantallas en hogares donde ni siquiera había internet estable. Y cuando se pidió equilibrar salud física y salud mental, la respuesta fue silencio o burla. Se trató a la población como si fuera un rebaño sin criterio.

Cuando finalmente llegó la vacunación, otro error monumental fue dejar que la desinformación ganara terreno mientras las instituciones se limitaban a repetir comunicados tibios. Las mismas autoridades que meses antes publicaban medidas ridículas contra el “contacto con superficies” ahora pedían confianza total en sistemas que habían sido comunicados con una torpeza monumental. No era un problema de ciencia; era un problema de credibilidad. Y la credibilidad se había enterrado bajo montañas de decisiones incoherentes.

Y cuando por fin se acumuló suficiente inmunidad —por vacunación y por contagio— y el virus dejó de saturar hospitales, el final de la pandemia fue comunicado con la misma falta de claridad con que comenzó. No hubo cierre digno, ni explicación, ni pedagogía. Un día las cifras dejaron de importarle a los gobiernos, y la pandemia simplemente se evaporó del discurso público. La gente quedó con la sensación de que todo había sido una pesadilla sin lógica, un enorme teatro donde pagamos el precio todos, menos quienes tomaron las decisiones.

Lo más triste, quizá, es que no aprendimos gran cosa. No mejoramos la comunicación pública. No fortalecimos los sistemas de salud mental. No creamos estrategias claras para futuras emergencias. En muchos países, en vez de aprendizaje quedó resentimiento, desinformación y desconfianza en las instituciones. Y una humanidad más polarizada, más cansada y más cínica.

Lo que hicimos muy, muy mal no fue solo aplicar medidas inútiles, fue no aceptar que estábamos equivocados cuando ya se sabía que lo estábamos. Fue maquillar errores con decretos. Fue usar el miedo como herramienta política. Fue subestimar la inteligencia de la gente. Fue improvisar, insistir y repetir por inercia. Fue demostrar que el problema no era el virus… era la gestión humana.

Al final, lo que más duele no es la cuarentena, ni los decretos absurdos, ni las medidas que parecían inventadas contrarreloj para entretener gobernantes. Lo que más duele es lo que quedó después. Perdimos trabajos, perdimos rutinas, perdimos vínculos que jamás volvieron a ser iguales. Mucha gente perdió años enteros de carrera, de estudios, de crecimiento personal, como si les hubieran arrancado páginas completas del calendario. Otros perdieron negocio, estabilidad, oportunidades que nunca regresaron porque el mundo cambió de rumbo sin avisar.

También perdimos gente. Personas que no alcanzaron a recibir atención a tiempo porque los sistemas de salud estaban colapsados o mal administrados. Personas que murieron solas, no por ciencia sino por protocolos rígidos y decisiones tomadas desde despachos donde nadie veía el rostro humano del dolor. Y también perdimos relaciones: amistades que se quebraron por el encierro, familias que se fracturaron por la presión económica, parejas que no aguantaron el desgaste emocional.

Pero quizás la pérdida más profunda fue la confianza. Después de tantos errores, improvisaciones y medidas sin sentido, quedó la sensación de que la vida cotidiana —esa que dábamos por garantizada— podía desaparecer de un día para otro por culpa de decisiones torpes disfrazadas de responsabilidad. Aprendimos, a la fuerza, que el miedo puede mover al mundo más rápido que la razón, y que cuando las instituciones se equivocan, lo hacen a costa de todos menos de ellas mismas.

La vida no volvió a ser igual, no solo por el virus, sino por lo que permitimos que el miedo hiciera con nosotros. Nos reorganizamos socialmente a golpes: distancias, silencios, pantallas, sospecha. La humanidad salió más frágil, más desconfiada y, en muchos casos, más pobre, no solo en dinero, sino en ánimo, proyectos y certezas. El virus se fue apagando, sí, pero las grietas que dejó siguen ahí, recordándonos que no solo enfrentamos una pandemia biológica: también vivimos una pandemia de decisiones estúpidas, tardías y desconectadas de la realidad.

Lo verdaderamente trágico es que casi todas esas pérdidas eran evitables. No porque el virus no fuera real, sino porque la gestión del miedo fue peor que la gestión sanitaria. Y cuando uno mira atrás, cuando hace memoria de lo que se rompió y nunca volvió a armarse, queda una pregunta incómoda ¿cuánto de lo que perdimos fue culpa del virus y cuánto fue culpa de nosotros mismos?

Imágenes generadas por NANO BANANA

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