Comencé a ver la película con la misma sensación con la que abría los regalos de Navidad a principios de los ochenta. Sabía lo que venía, el vinilo de Thriller una Navidad, el de Bad otra. Mi hermano y yo lo recibimos con esa devoción que solo se tiene cuando uno tiene ocho años y acaba de descubrir que la música puede ser algo más grande que la vida. Michael Jackson era el artista más grande del mundo. Punto. Para un niño de esa década, eso era tan incuestionable como que el cielo es azul o que el Sol calienta.

Por eso quería ver Michael con la guardia baja, quería que me emocionara, que me recordara por qué lloré cuando vi Moonwalker (esa película malísima que, sin embargo, nos alucinó a todos los que éramos niños en aquella época, con ese Michael que se convertía en robot y en nave espacial). Quería que me devolviera, aunque fuera por dos horas, esa sensación de asombro puro que solo el Rey del Pop sabía generar.

La película me devolvió algo, sí. Pero no fue eso.

Michael es, ante todo, un ejercicio de nostalgia inofensiva, un recorrido superficial por los años dorados del artista, desde su niñez en los Jackson 5 hasta el Bad Tour de 1988. La cámara sigue a Jaafar Jackson, el sobrino del cantante, que entrega una actuación físicamente impecable, casi sobrehumana en la recreación de los movimientos y los gestos. Las coreografías están cuidadas al milímetro. Los videos icónicos como “Billie Jean”, “Beat It” o “Thriller” se reconstruyen con una fidelidad que roza lo documental y la música, por supuesto, es inmortal.

Pero todo ocurre demasiado rápido, demasiado limpio. Los momentos que para cualquier fan de verdad fueron cruciales pasan como susurros, por ejemplo, la referencia al solo de Eddie Van Halen en “Beat It”, que en su momento fue un terremoto cultural (un guitarrista de rock duro cruzándose al pop más sofisticado) aquí es casi una anécdota visual. La relación de Michael con su padre Joe, presentada como el gran conflicto central de la película, se resuelve con la sutileza de una novela de televisión. Y la mayor amenaza para el héroe resulta ser un padre controlador del que finalmente se libera con un discurso grandilocuente.

Los críticos la han destrozado y con razón. La prensa especializada la ha calificado como una de las peores películas de 2026, criticando su carácter débil y su incapacidad para contar una historia real. La BBC la llamó “blanda” y “apenas competente”, como una “película de sobremesa diurna”. RogerEbert.com sentenció que “Michael no es una película, es una lista de reproducción filmada en busca de una historia”. En Rotten Tomatoes, la crítica le ha dado apenas un 40%, mientras que el público, fiel a su devoción, le otorga un aplastante 96%. Es el mismo fenómeno de Bohemian Rhapsody, que los críticos detestaban y las masas abrazaban como un acto de fe.

Porque el público no va a ver una biografía. Va a ver un mito. Va a ver al Michael que recuerda, no al que existió.

Y yo puedo verla de dos maneras… La primera, la del niño que recibió aquellos discos en Navidad, como un gran video musical extendido, un recuerdo de buenos discos y mejores coreografías, que permite disfrutar sin pensar demasiado en lo que queda fuera. La segunda, la del adulto que sabe que la vida de Michael Jackson fue mucho más que eso, como una oportunidad perdida, una versión Disney de una figura demasiado compleja para ser embalsamada en celuloide.

La película ni siquiera llega hasta las acusaciones. Termina en 1988, con un título en pantalla que reza “His Story Continues”, como si Michael Jackson fuera una franquicia de superhéroes esperando su secuela. La anécdota detrás de cámara es aún más increíble, el final original incluía el registro de la demanda de 1993, pero una cláusula en el acuerdo con la familia Chandler prohibía cualquier mención o representación de Jordan Chandler en una película. Así que se reescribió, se re-filmó y se recortó hasta dejar el metraje en poco más de dos horas. El productor Graham King admitió que “Nunca había experimentado terminar una película y luego descubrir que no tenías los derechos legales para contar esa historia” .

El resultado es lo que tenemos. Una película que no investiga, que no pregunta, que no inquieta. Que apenas insinúa la paranoia, el aislamiento, la relación patológica con la fama y sobre todo, la sombra alargada que terminaría por devorar su legado. Es el producto final de una maquinaria de relaciones públicas que ha logrado convertir al artista más excéntrico y problemático del siglo XX en una atracción de parque temático. Y al parecer funciona, la película ha recaudado más de 200 millones de dólares en su primer fin de semana a nivel mundial, superando a Bohemian Rhapsody en su apertura.

Pero a mí, que viví los ochenta con los audífonos pegados al Walkman, que recibí el Thriller y el Bad como quien recibe una revelación, me hubiera gustado algo más. Algo que no tuviera miedo de la complejidad. Algo que no necesitara mentir para proteger a su ídolo, porque los ídolos de verdad no necesitan que los protejan. Necesitan que los entiendan.

Michael no entiende a Michael, solo lo disfraza, lo convierte en ese extraño producto aséptico que las nuevas generaciones podrán consumir sin sobresaltos. Los que vivimos su magia sabemos que la realidad fue mucho más extraña, mucho más triste y mucho más fascinante que esta versión light. Y quizás por eso terminé con una sensación agridulce, la de quien ha visto un espejismo de lo que amaba, pero sabe que detrás de esa imagen reluciente solo hay un eco cuidadosamente editado.

@felipeszarruk

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