El vuelo de Avianca que cubre la ruta Bogotá-Miami aterriza todas las noches con una carga que no aparece en los manifiestos, una carga que no pesa en kilos sino en sueños rotos y esperanzas recién adquiridas a punta de decisiones duras y reflexiones, de charlas con la esposa y la familia, porque en cada asiento viaja un colombiano que acaba de despedirse de todo lo que conoce y que aterrizará en un país donde no conoce a nadie o donde apenas conoce el nombre de un primo que le prometió un sofá para dormir las primeras semanas y nada más, después “arrancas” y “ves como haces” y en el momento en que el tren de aterrizaje toca la pista y el avión frena, ese colombiano siente un nudo en la garganta que no sabe si es miedo o emoción o la simple certeza de que ya no hay marcha atrás, porque el pasaje fue pagado con los ahorros de años y el pasaporte lleva el sello de una visa que costó más que un carro usado en cualquier ciudad colombiana, la maleta contiene apenas la ropa necesaria y algunos objetos personales que no pesan nada pero que significan todo, una foto de la familia, un escapulario de la Virgen de Chiquinquirá, un paquete de panela para endulzar los primeros cafés en tierra extraña… y mientras el avión se detiene y los pasajeros comienzan a levantarse y a sacar sus maletas de los compartimentos superiores, el colombiano que llega por primera vez a Estados Unidos no piensa en la violencia que dejó atrás porque la violencia en Colombia es tan cotidiana que ya ni siquiera la registra como una razón suficiente para irse, no piensa en la injusticia porque la injusticia es el aire que se respira en el país desde que nació y está acostumbrado a ella como se está acostumbrado a la lluvia en Bogotá, no piensa en la falta de oportunidades porque esas oportunidades nunca existieron para él y no puede extrañar lo que nunca tuvo, lo único que ocupa su mente mientras camina por el pasillo del avión y siente por primera vez el aire acondicionado del aeropuerto de Miami es en el dinero, en la necesidad, en la urgencia de encontrar un trabajo que le permita enviar a su familia en Colombia lo que no pudo darles estando allá, porque Colombia tiene los precios de Europa y Estados Unidos pero el sueldo de Haití y esa es la condena que ha empujado a más de ocho millones de colombianos a buscar la vida en el extranjero, la diáspora más grande en la historia de un país que no ha podido retener a sus hijos y que los ve partir sin poder hacer nada para detenerlos y tampoco sin quererlo, porque a Colombia jamás le ha importado.

La cifra es demasiado dura y cruda y sin embargo apenas comienza a ser contada con la precisión que merece, porque según los datos más recientes del Departamento Administrativo Nacional de Estadística de Colombia DANE y de las proyecciones migratorias del Pew Research Center, más de ocho millones de colombianos viven fuera del país, una diáspora que representa más del quince por ciento de la población total y que crece a un ritmo de medio millón de personas por año en los períodos de mayor crisis, y aunque Estados Unidos sigue siendo el destino preferido con más de un millón setecientos mil colombianos censados solo en territorio estadounidense, la realidad es que la cifra es mucho mayor si se cuentan los indocumentados que no aparecen en ningún registro y que viven en las sombras, trabajando sin papeles, durmiendo en apartamentos superpoblados, enviando dinero a sus familias y esperando que el azar o la suerte o un cambio en las leyes migratorias les permita algún día salir de vacío legal en el que han vivido durante años y a veces durante décadas.

Y aun así, esos ocho millones de colombianos en el exterior son historias de carne y hueso que se repiten con variaciones mínimas en cada ciudad de Estados Unidos, desde Nueva York hasta Los Ángeles, desde Houston hasta Chicago, desde Miami hasta Seattle, porque el colombiano está en todas partes y en ninguna, siempre presente en las cocinas de los restaurantes y en los jardines de las casas de los ricos, en las aceras de las ciudades donde reparte comida y en los supermercados donde hace las compras de los demás, en las casas de familia donde cuidan ancianos y limpian pisos, lava ropa y hace todo lo que los gringos no quieren hacer, esos trabajos que son la columna vertebral de la economía estadounidense y que son realizados en su mayoría por inmigrantes latinos que comparten con mexicanos, salvadoreños, guatemaltecos y hondureños el honor y la desgracia de hacer el trabajo sucio que nadie más hace, cocineros que soportan el calor infernal de las planchas y las freidoras en restaurantes de comida rápida, jardineros que cortan césped bajo el sol implacable de Florida o Texas o la lluvia insoportable de Seattle, repartidores de DoorDash que recorren cientos de kilómetros al día en sus carros viejos y mal pagados, compradores de Instacart que recorren los pasillos de los supermercados con una eficiencia que solo el hambre puede enseñar, buzzers que sonríen a los clientes aunque por dentro estén llorando, meseros que llevan bandejas de un lado a otro sin descanso y que al final del turno apenas pueden sostenerse en pie.

Pero lo más triste es que entre todos ellos hay colombianos que en el país eran odontólogos, abogados, maestros y médicos. Profesionales con títulos universitarios que ahora limpian inodoros, lavan platos o cortan el césped de las casas de personas que nunca sabrán que quien cuida su jardín era un cirujano en Bogotá o que quien les sirve la comida era un juez en Cali, porque la legalización en Estados Unidos es tan difícil y tan costosa y tan llena de obstáculos que la mayoría de los inmigrantes nunca logra ejercer su profesión y termina haciendo lo que sea, lo que caiga, lo que pague, porque el dinero no entiende de títulos y el hambre no entiende de diplomas y la necesidad no espera a que los papeles lleguen, y así el médico se convierte en cuidador de ancianos y el abogado en repartidor de pizzas, el odontólogo en lavaplatos y el maestro en jardinero, y todos ellos ganan más en una semana en Estados Unidos de lo que ganarían en un mes entero en Colombia y esa es la gran ironía de la migración, que el trabajo más humilde en el país más rico del mundo paga mejor que el trabajo más prestigioso en el país más desigual de América Latina y por eso el colombiano sigue llegando, sigue luchando, sigue enviando remesas, sigue soñando con regresar.

Pero la vida del inmigrante colombiano en Estados Unidos no es solo trabajo y dinero y sacrificio, es también un proceso de despersonalización que comienza en el momento en que llega y nunca termina del todo, porque el colombiano se convierte en un ciudadano de tercera categoría, un ser invisible que solo existe cuando es necesario para realizar una tarea y que desaparece cuando la tarea está hecha, y esa invisibilidad se vuelve más profunda con el paso de los años porque el colombiano no tiene tiempo para nada más que trabajar y dormir y volver a trabajar, su vida se diluye en una rutina implacable que no deja espacio para el ocio ni para la familia, ni para los amigos ni para el deporte, ni para la lectura ni para el cine, ni para el amor, todo queda reducido a la necesidad de ganar dinero, siempre más dinero, entonces el colombiano se convierte en la Jennifer Lopez que vemos en las películas, ese personaje que regresa a su país de origen después de años en el extranjero y se proyecta a sí mismo como un triunfador, habla con acento mezclado, presume de su carro, presume de su ropa, presume de su éxito, pero la realidad es que mientras está en Estados Unidos se aguanta humillaciones a diario y jornadas de trabajo de doce y catorce horas y jefes que lo tratan como si fuera un perro, vecinos que lo miran con desconfianza y una soledad que no se cura con el alcohol, ni con la música, ni con los recuerdos y sin embargo cuando habla por teléfono con su familia en Colombia, cuando publica fotos en las redes sociales, cuando camina por su barrio en sus vacaciones, se convierte en ese personaje de la película que ha triunfado en el extranjero, que ha conquistado el sueño americano, que ha logrado lo que nadie en su pueblo logró, pero el sueño americano es eso, un sueño, y el colombiano vive siempre soñando, siempre esperando, siempre deseando algo que no tiene y que quizás nunca tendrá, y por eso el chiste de que Estados Unidos no es el país del sueño americano sino “Esclavos Unidos”, circula entre los inmigrantes como un mantra secreto que todos repiten pero que ninguno cree del todo, porque a pesar de todo, a pesar de las humillaciones, del cansancio, del miedo y de la soledad, el dinero llega, las remesas llegan, la familia en Colombia come, los hijos estudian, los padres reciben tratamiento médico, y entonces todo el sufrimiento parece valer la pena, al menos por un momento.

La frase que suelta María cada vez que ve un asesinato por ICE en las noticias es ¿Qué es lo que hacemos mal? ¿Trabajar? Y cala profundamente, porque es la verdad. Desde que Donald Trump subió nuevamente al poder y comenzó la persecución a los latinos, el miedo es el compañero más fiel del inmigrante colombiano -Y de cualquier país latinoamericano- en Estados Unidos, es un miedo que se instala en el estómago como una piedra y que no desaparece ni cuando se duerme, siempre se vive con miedo en estos días, es el ruido de fondo de una vida que puede cambiar en un segundo cuando una patrulla blanca y negra aparece en el espejo retrovisor y el corazón se acelera, las manos sudan y la mente repite una y otra vez el número de teléfono del abogado de inmigración que quizás pueda hacer algo, porque el miedo no discrimina y golpea por igual al que tiene papeles y al que no los tiene, al que tiene una solicitud de asilo pendiente desde enero de 2023 y al que acaba de llegar hace tres semanas, no es una exageración de los medios de comunicación, ese miedo es la historia de Johan Sebastián Durán Guerrero, un colombiano de veintiséis años oriundo de Bucaramanga que emigró a Estados Unidos en busca de oportunidades laborales y que residía en la ciudad de Biddeford, en el estado de Maine, donde trabajaba en una veterinaria durante las mañanas y realizaba entregas a domicilio con su vehículo por las tardes para sostener a su esposa y a su hija de tres años, el 13 de julio de 2026, durante un operativo del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, ICE, un agente le disparó y acabó con su vida en segundos, segundos que cambiaron para siempre la vida de una familia en Colombia y de una niña que crecerá sin su padre, segundos que desataron la indignación del presidente colombiano Gustavo Petro, que calificó el hecho como un “asesinato” y exigió explicaciones al gobierno de Donald Trump, segundos que pusieron en evidencia la brutalidad de una política migratoria que no distingue entre el que tiene permiso de trabajo y el que no lo tiene, porque Johan Durán Guerrero sí tenía permiso de trabajo, sí cumplía con los requisitos exigidos por las autoridades migratorias estadounidenses, sí estaba haciendo todo lo que la ley le pedía y sin embargo un agente con un historial violento documentado por su propia exesposa, un hombre que había sido acusado de abuso y que le había dejado mensajes de voz en los que le decía a su exmujer que deberían cortarle la garganta, fue el mismo hombre que decidió que la vida de un joven colombiano que trabajaba para sacar adelante a su familia no valía nada, aunque el ICE sostuvo que Durán Guerrero intentó utilizar su vehículo como un arma contra los agentes (La excusa de siempre) y que por eso abrieron fuego, testigos y videos difundidos por medios locales pusieron en duda esa versión al mostrar el automóvil desplazándose sin control tras los disparos, el caso está siendo investigado por la Policía de Maine, el Departamento de Seguridad Pública estatal y el FBI, pero la familia de Johan sabe que ninguna investigación devolverá la vida de su hijo y que el miedo que él sintió en sus últimos segundos es el mismo miedo que sienten miles de colombianos todos los días en Estados Unidos, un miedo que se ha vuelto más agudo desde que Trump intensificó su agenda de deportaciones masivas y que ha llevado a que al menos diez personas hayan muerto en encuentros con agentes de inmigración desde que Trump regresó a la Casa Blanca a principios del año pasado sin que nadie haga absolutamente nada.

La historia de Johan Durán Guerrero no es un caso aislado, es el síntoma de una enfermedad más profunda que afecta a toda la comunidad migrante y que se manifiesta en cada detención, en cada redada, en cada operativo que arranca a un padre de su familia y lo envía a un centro de procesamiento como el de Miramar en Florida, donde actualmente se encuentra Carlos Hugo Betancur, otro colombiano que fue detenido el 8 de julio de 2026 en una gasolinera de Doral mientras se dirigía a su trabajo, un hombre de mediana edad que llegó a Estados Unidos el 16 de febrero de 2022 y que presentó una solicitud de asilo político formalmente en enero de 2023, una solicitud que sigue pendiente de respuesta y que, según su hija María Alejandra Betancur, debería haberle dado un estatus legal que los agentes del ICE ignoraron por completo cuando lo abordaron mientras cargaba combustible, le preguntaron por sus papeles, le quitaron el teléfono cuando estaba hablando con su hija y lo trasladaron al centro de procesamiento donde permanece detenido a la espera de una audiencia ante un juez de inmigración . La familia de Carlos Hugo Betancur insiste en que él tenía permiso de trabajo, tenía licencia de conducir de Florida, había seguido cada paso del proceso migratorio y no entendía por qué lo detuvieron, pero ICE respondió con un comunicado seco y burocrático en el que afirmaban que Betancur permaneció en el país más allá del plazo autorizado por su visa y que por eso se encontraba bajo custodia, una respuesta que no toma en cuenta que la solicitud de asilo debería haber sido considerada antes de proceder a la detención, una respuesta que refleja la realidad de un sistema migratorio que criminaliza a las personas que buscan protección y que no distingue entre un inmigrante irregular y un solicitante de asilo que está esperando que el gobierno decida sobre su futuro, mientras Carlos Hugo Betancur espera su audiencia en un centro de detención, su hija María Alejandra ha organizado una colecta de fondos a través de GoFundMe para poder pagar los gastos legales y la posible fianza de su padre, porque el sistema migratorio no solo es cruel, también es costoso y las familias de los detenidos tienen que endeudarse y pedir ayuda a la comunidad para poder sacar a sus seres queridos de las garras de un sistema que parece diseñado para hacerles la vida imposible .

La concejal de Doral, Maureen Porras, abogada de inmigración, ha expresado su preocupación por lo que considera un patrón creciente de detenciones de personas con procesos migratorios en curso, personas que tienen solicitudes de asilo político pendientes o que han seguido todos los pasos legales que la ley exige y que sin embargo son detenidas y enviadas a centros de procesamiento como si no tuvieran ningún derecho, y esta situación ha generado un clima de terror en las comunidades de inmigrantes, un terror que se alimenta de rumores y de noticias y de casos como el de Johan Durán Guerrero, que se viralizan en las redes sociales y en los medios de comunicación y que confirman lo que todos los inmigrantes saben en el fondo de su corazón, que el sueño americano puede convertirse en una pesadilla en cualquier momento, que la patrulla de ICE puede aparecer en la esquina cuando menos se lo esperan, que un agente puede decidir que su vida no vale nada y que el gobierno de un país que se jacta de ser la tierra de la libertad puede deportarlos o matarlos sin que nadie haga nada para detenerlos, estamos en esencia, viviendo la Alemania de 1938 nuevamente así quieran hacerlo parecer distinto con la corrección política que impera en estos días.

Y así, con este miedo, el colombiano que vive en Estados Unidos no solo tiene que enfrentar el trabajo agotador, las horas interminables y la soledad de estar lejos de su familia, también tiene que enfrentar la paranoia constante de que cualquier movimiento en falso, cualquier infracción de tránsito, cualquier denuncia de un vecino o de un compañero de trabajo puede llevarlo a la deportación o a la muerte, y esa paranoia consume la energía que ya está agotada por las jornadas de doce y catorce horas, de trabajo. El inmigrante vive en un estado de alerta permanente que no le permite descansar ni siquiera cuando está en su casa, porque su casa no es suya, su casa es un apartamento que comparte con otros cinco colombianos en un barrio de Miami o Nueva York o Los Ángeles, su casa es un lugar donde no puede poner fotos de su familia en la pared porque eso lo delataría como inmigrante, su casa es un lugar donde las cortinas siempre están cerradas y la puerta siempre está asegurada y el teléfono siempre está cerca por si hay que llamar a un abogado o a un familiar o a alguien que pueda ayudar en caso de emergencia .

Y ahí es donde duele Colombia, ese estado que nos echa por no poder ofrecernos una vida digna así ellos crean que vivimos en “el paraíso”. El fracaso de Colombia como país no se manifiesta solo en la imposibilidad de retener a sus hijos, sino también en la contradicción enfermiza que vive el inmigrante en su mente, una contradicción que lo lleva a amar con locura a la misma tierra que lo expulsó por hambre, violencia y necesidad, una contradicción que se refleja en los números de las remesas que son el salvavidas económico de millones de familias colombianas y que alcanzaron la cifra histórica de 1.225 millones de dólares en marzo de 2026, la primera vez que las remesas superan los 1.200 millones de dólares en un solo mes, y que durante el año 2025 totalizaron 13.098 millones de dólares, un crecimiento del 10,6 por ciento frente al año anterior, representando el 2,87 por ciento del Producto Interno Bruto de Colombia y convirtiéndose en una de las principales fuentes de ingresos de divisas para el país, superando incluso a la inversión extranjera directa en algunos períodos . Detrás de estos números que llenan la boca de satisfacción a los economistas y a los funcionarios del Banco de la República hay historias de sacrificio y de dolor, historias de colombianos que trabajan en esas cocinas hirviendo y en jardines y que envían el fruto de su trabajo a sus familias en el Valle del Cauca, Cundinamarca, Antioquia, Risaralda y Atlántico, los departamentos que concentran el 66,7 por ciento de las remesas y que dependen de esos dólares que llegan mes a mes para pagar el arriendo, la comida, los estudios y la salud de los que se quedaron, porque los que se van no solo se van por su propio futuro, se van también por el futuro de los que dejan atrás ya que en Colombia es casi imposible vivir, y esa responsabilidad los mantiene en pie incluso cuando el cuerpo ya no puede más, incluso cuando las manos tienen ampollas y la espalda duele y los ojos se cierran de cansancio pero no pueden dormir porque el miedo está ahí, siempre ahí, esperando en la oscuridad.

Y todo lo que se ha dicho acá no es suficiente, hay un monstruo peor, uno puerco y que da más miedo… un monstruo que no viene de afuera sino que nace en el interior mismo de la comunidad latina y que se alimenta de la envidia y la hipocresía y la necesidad de pisar al otro para ascender, porque la guerra entre latinos en Estados Unidos es un fenómeno tan antiguo como la migración misma y tan presente como el sol de la mañana, no hay colombiano que no haya escuchado o vivido una historia de traición y competencia desleal en el entorno laboral, donde el que habla mejor inglés se cree superior y el que llegó primero menosprecia al recién llegado y el que tiene papeles mira con desdén al que no los tiene y en medio de esa dinámica perversa, el colombiano se encuentra atrapado entre dos mundos que no le pertenecen del todo, el mundo de los gringos que lo explotan y el mundo de sus propios compatriotas que lo envidian y lo sabotean, porque la comunidad latina en Estados Unidos no es esa gran familia unida que venden las películas y los discursos políticos, es un conjunto de individuos que comparten un idioma y un origen pero que rara vez comparten la solidaridad y la ayuda mutua, en cambio se convierten en jueces implacables unos de otros, en competidores feroces por un puesto de trabajo, en enemigos que se esconden detrás de sonrisas falsas y promesas vacías, dispuestos a cualquier cosa con tal de asegurar su propio lugar en la jerarquía de los que sobreviven en la tierra del sueño americano, no hay comunicad más traicionera y desleal que la de nosotros mismos.

Esta realidad ha sido documentada una y otra vez por los propios inmigrantes que viven en carne propia la hostilidad de sus pares, como lo relató en un video que se hizo viral la creadora de contenido colombiana Carolina Sabogal, quien compartió su experiencia trabajando en un restaurante de Estados Unidos y describió cómo una colega mexicana se negó a ayudarla con una tarea bajo el pretexto de no ser la gerente, y aunque la tiktoker aclaró que no todas las mexicanas son así y que ha conocido a muchas de buen corazón, su testimonio refleja una dinámica que se repite en incontables lugares de trabajo y que tiene que ver con la percepción de superioridad que algunas personas adquieren al dominar el idioma inglés, como ella misma lo expresó “Aquí hay un problema que la gente aprende inglés y se siente más que los demás y si aprender inglés a usted le da para humillar a la gente, pues de verdad yo prefiero no aprenderlo” , este sentimiento de que el conocimiento del idioma se convierte en un arma para menospreciar a los demás no es exclusivo de la relación entre mexicanos y colombianos, sino que se extiende a toda la comunidad latina, donde cada nacionalidad tiene sus propios estereotipos y prejuicios y donde cada grupo se siente con el derecho de juzgar al otro, mientras tanto el empleador gringo mira y se beneficia de esta división, porque una comunidad dividida es más fácil de explotar, una comunidad que se pelea entre sí es una comunidad que no se organiza, que no exige mejores salarios, que no defiende sus derechos, que se conforma con migajas mientras el patrón se lleva el pastel entero.

La falta de solidaridad entre latinos es tan salvaje y tan extendida que ha sido reconocida incluso por aquellos que han sido deportados y que han tenido que regresar a sus países de origen después de haber vivido la experiencia migratoria, como lo denunció un guatemalteco deportado desde Virginia que describió la situación para la comunidad en ese estado como “complicada”, señalando que el trabajo es escaso y que existe mucho racismo y envidia entre los mismos latinos, quienes dificultan la adaptación laboral de los recién llegados y que en lugar de tenderse una mano para ayudarse mutuamente, prefieren competir por los mismos puestos de trabajo y hablar mal unos de otros para asegurarse una posición privilegiada. Esta denuncia, que proviene de alguien que ha vivido la deportación y que ha perdido el sueño americano, resuena con la experiencia de miles de colombianos que han visto cómo sus propios compatriotas o vecinos latinos se convierten en sus peores enemigos en la lucha por sobrevivir y la pregunta que surge es inevitable ¿por qué los latinos, que comparten un idioma y una cultura y una historia de sufrimiento y opresión, no logran unirse para enfrentar a un sistema que los explota a todos por igual? La respuesta está en la misma naturaleza de la migración, que atrae a los más necesitados pero también a los más ambiciosos, a los que están dispuestos a todo para salir adelante, incluso a costa de los demás, y esa competencia feroz por recursos escasos convierte a los compañeros en rivales y a los vecinos en amenazas, así la comunidad latina se desbarata en un mar de desconfianza y rencor que la hace débil y vulnerable frente al poder del estado y del mercado, es ahí en donde sale a relucir lo más puerco del colombiano, el “¿cómo voy yo?”, “A papaya puesta papaya partida”, “Hecha la ley hecha la trampa”; “El vivo vive del bobo” y toda es cultura traqueta y mafiosa con la que hemos crecido desde que tenemos memoria, sencillamente, no somos buenas personas.

Lo interesante y a la vez incompresible, es que, a pesar del miedo, la envidia, la soledad y el cansancio, el colombiano sigue adelante, sigue trabajando, sigue enviando remesas, sigue soñando con el día en que pueda regresar a su tierra y mostrarle al mundo que logró algo, que no fue en vano tanto sacrificio, que el dinero que envió mes a mes construyó una casa o pagó una universidad o salvó una vida y ese es el motor que lo mantiene en pie cuando todo parece derrumbarse, el dinero, solo el dinero, porque no se viene a buscar otra cosa, la certeza de que su esfuerzo tiene un propósito más grande que su propia supervivencia, la seguridad de que su familia en Colombia depende de él y que no puede fallarles, y entonces la envidia de los demás latinos se vuelve insignificante comparada con el amor que siente por los suyos, el miedo a ICE se convierte en un riesgo que vale la pena correr por el bien de los que dejó atrás, y el cansancio se disipa cuando escucha la voz de sus hijos por teléfono y sabe que están comiendo gracias a él, que están estudiando gracias a él, que están vivos gracias a él, y esa es la paradoja final del inmigrante colombiano, que su vida en Estados Unidos es un infierno de trabajo, humillación, miedo y soledad, pero que ese infierno es el precio que paga por mantener a su familia en el cielo de la esperanza y la supervivencia, y mientras esa ecuación se mantenga, mientras el dinero siga fluyendo de norte a sur, mientras las remesas sigan llegando y los hijos sigan estudiando y los padres sigan viviendo, el colombiano seguirá en su puesto de trabajo, en su cocina hirviendo, en su jardín bajo el sol, en su domicilio repartiendo comida, en su rincón de Esclavos Unidos, esperando que algún día, quizás, el sueño americano se convierta en realidad y pueda regresar a casa, a esa casa que lleva por dentro y que nunca, nunca podrá olvidar.

Epílogo

Los tamales de Ana ya no se cocinarán en Nueva Jersey, el vapor que durante cinco años subió de las ollas en Hillside se ha disipado en el frío de la despedida, porque el sueño que la familia Acosta Rojas construyó con sus propias manos, con sus propias recetas, con su propio sudor, se rompió el 13 de diciembre de 2025 cuando Jairo Acosta fue detenido por el ICE mientras compraba ingredientes para su negocio y desde ese momento su vida y la de los suyos se desmoronó como un castillo de naipes, porque la presión del sistema migratorio y la angustia de la incertidumbre llevaron a Jairo a firmar los papeles de su deportación, a decir “yo no me aguanto, yo me voy” , y entonces Ana Rojas, su esposa y socia en ese emprendimiento que comenzó hace años frente al consulado de Colombia en Newark con un carrito de venta ambulante, entendió que no podía quedarse sin él, que el país que les había dado la oportunidad de crecer y de ser reconocidos era el mismo que ahora les arrebataba su unidad familiar, y así, entre lágrimas y tamales que se vendían por última vez en un “Tamaletón” de despedida, decidieron regresar a Colombia, cerrar el local que habían logrado alquilar después de años de trabajo en la calle y volver a una tierra que quizás tampoco los esperaba con los brazos abiertos, pero que al menos no los separaría como lo hizo la política migratoria de un país que no distingue entre el padre que construyó un sueño y el inmigrante ilegal que debe ser expulsado.

Esta historia de Los tamales de Ana no es única, es el epítome de una tragedia que se repite en miles de hogares colombianos en Estados Unidos, hogares que se desgarran en las redadas, hogares que se vacían cuando el padre o la madre es deportado, hogares que se quedan sin el sostén económico que permitía a los hijos estudiar y a los padres comer y a las familias enteras sobrevivir en un país que no les ofreció trabajo pero que les exige las remesas que sostienen su economía, y cuando Ana Rojas dijo “desafortunadamente, a mi esposo me lo deportan”, “no podemos quedarnos en este país” , estaba expresando el sentir de millones de colombianos que han visto cómo el sueño americano se convierte en pesadilla, cómo la tierra prometida se vuelve un campo de batalla donde los inmigrantes son los soldados de una guerra que no eligieron, y aunque la familia Acosta Rojas tenía una visa de turista y llevaba cinco años en Estados Unidos sin haber iniciado formalmente un proceso de asilo, su historia refleja la situación de aquellos que, como Gladys y Nelson González, vivieron treinta y cinco años en California, construyeron una familia, tuvieron tres hijas ciudadanas estadounidenses, y sin embargo fueron deportados después de una cita rutinaria con el ICE que se convirtió en su sentencia de muerte simbólica, porque los agentes los esposaron de manos y tobillos y los trataron como criminales y no les permitieron despedirse de sus hijas, que ahora luchan desde la distancia para que sus padres puedan regresar a la única vida que conocieron.

Y es así, sin filtros, sin velo, es así y punto, sin corrección política y como debe verse, porque es difícil pertenecer a una patria que nunca se siente como un hogar, pero es más difícil salir a otra que no se siente ni siquiera como un refugio. Sencillamente estamos atrapados entre la muerte y el exilio.

Un saludo a todos aquellos que día a día sacrifican si vida y su bienestar porque los suyos estén mejor en un país sin dignidad.

@felipeszarruk

Fotos por el autor.

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