Otra vez me largo… de nuevo, no aguanté, estoy ahogado…

No nací odiando a mi país. Nací creyendo en él. Nací con la estúpida certeza de que las cosas se construían con las manos, con el trabajo, con la constancia de no soltar el martillo, aunque los dedos sangraran. Durante más de veinte he construido. No con presupuestos del Estado, no con contratos a dedo, no con la bendición de ningún funcionario que repartiera dádivas entre sus amigos. Construí con las uñas, con la noche encima, con la plata que no tenía y los sueños que no me cabían en el pecho. He entregado premios y reconocimientos durante más de dos décadas, reconocí a cientos de músicos que el Estado nunca volteó a mirar, abrí espacios para el rock colombiano cuando nadie más lo hacía. Denuncié la corrupción en Sayco y en el Festival Rock al Parque cuando todos se callaban por miedo a perder su migaja. Gané premios de periodismo, hice una tesis de maestría que fue meritoria y un doctorado que estoy por terminar en una gran universidad europea que me ha costa sudor y sangre. Organicé eventos en tres países sin tomar un solo peso del erario. Y por todo eso, Colombia me declaró su enemigo. No por ser corrupto, sino por señalar a los corruptos. No por robar, sino por negarme a robar con ellos.

Hoy de nuevo me largo… Esto no es una carta de despedida, es que estoy harto, asqueado, pienso en mi país y me dan ganas de vomitar. Es un memorial de agravios. Es el relato de cómo un país entero se ensaña con quien construye, mientras aplaude al que destruye. No voy a pedir perdón por decirlo como es, porque en este país la gente está acostumbrada a los eufemismos… llevo más de una década siendo víctima de un sistema que no soporta la crítica, que no castiga a los ladrones, sino a quienes los señalan. Un sistema que no protege a los ciudadanos, sino que los persigue hasta que se van, hasta que mueren o hasta que enloquecen, un hoyo, una letrina, un inodoro, un bar de mala muerte al que le dicen “país”.

Yo no he muerto, no he enloquecido, pero me he ido. O me voy. O estoy yéndome. Porque no hay otra forma de sobrevivir a un país que lo castiga a uno por existir con dignidad.

Comencé denunciando lo que nadie quería ver. En el Festival Rock al Parque, una política pública que debería ser el orgullo de Bogotá, encontré un círculo de amigos que se repartían millones. Banderas amigas contratadas año tras año. Jurados que repetían y repetían. Bandas que tocaban nueve, diez veces en el festival, mientras miles de agrupaciones legítimas eran ignoradas. Cumbia y folclor pasaban como rock, y cuando uno levantaba la voz, lo vetaban, lo insultaban, lo hacían pedazos en redes sociales con noticias falsas. Eso hice… levanté la voz. Y por eso, durante años, he sido el enemigo número uno de la burocracia cultural más corrupta de Colombia y no solo de ellos sino de los músicos parásitos arrodillados a esa mafia que si no fuera por ellos no tendrían un almuerzo.

No es una exageración. La Contraloría de Bogotá encontró hallazgos fiscales y disciplinarios en contratos del IDARTES por más de 875 millones de pesos en un solo contrato. Lo documenté. Lo denuncié. Lo entregué en bandeja de plata a los entes de control. Y el resultado fue el mismo de siempre: informes engavetados, promesas vacías, y los mismos corruptos en sus mismos puestos, repitiendo el mismo baile. Cada año, lo mismo. Cada año, impunidad. Cada año, el mismo círculo de amigos comiendo de la misma olla.

Pero el castigo no fue solo para mi carrera. Fue para mi vida entera. Mientras yo denunciaba, el portal de noticias falsas Actualidad Panamericana, contratista de IDARTES, publicó un artículo llamándome “payaso”. Me ridiculizaron, me desacreditaron para que el público se burlara de mi nombre. Me llamaron payaso en un país donde los payasos no hacen reír, sino que asustan. Me llamaron payaso porque sabían que la risa de la multitud era más efectiva que cualquier argumento. Mi familia sufrió. Mi nombre, que me había costado veinte años construir, fue destruido en cuestión de horas. Y cuando puse la denuncia penal, la Fiscalía archivó el caso. ¿La razón? Conducta atípica. Mi nombre destruido era “atípico”. País de mierda, país asqueroso y burdo con justicia de juguete. Un país de hijos de puta.

Eso fue solo el principio.

Colombia no se detuvo… fue por mi esposa. Por mi salud. Por mi familia. Por cada centavo que tenía ahorrado. Por cada sueño que me quedaba.

Mi esposa es salvadoreña. Llegó a Colombia hace más de veinte años. Se casó conmigo, tuvo dos hijas colombianas, construyó una vida entera en este país. Nunca salió de Colombia. Nunca cometió un delito. Nunca fue un problema para nadie. Y sin embargo, durante veinte años, el Estado colombiano le negó sistemáticamente la nacionalidad. Veinte años. La Cancillería y Migración Colombia le pusieron trabas, le exigieron documentos que ya había entregado, le cobraron multas excesivas, le dieron visas de un año como si fuera una turista, no la esposa de un ciudadano colombiano y madre de dos hijas colombianas. Cuando pedí explicaciones, me dijeron que no había subido documentos a la plataforma. Yo tenía las pruebas de que sí los había subido. Me dijeron que cumpliera los requisitos. Yo los cumplía. Me dijeron que esperara. Esperé veinte años.
Mientras tanto, el gobierno colombiano le daba nacionalidad a Robi Draco Rosa y a Miguel Bosé en cuestión de semanas. Celebridades. Famosos. Los que sirven para la foto. Mi esposa, una mujer trabajadora, madre de dos hijas colombianas, que ha pagado impuestos, que ha contribuido a esta sociedad durante dos décadas, no merecía ni siquiera una respuesta clara. En este país, ser extranjero y pobre es un delito. Ser extranjero y no tener un apellido que suene en la prensa es una condena. Mi esposa no pidió nada más que el derecho a vivir en paz en el país que eligió como suyo. Y el país le dijo que no. Veinte años de no, país de mierda.
Y mientras luchaba por mi esposa, el sistema me atacaba por mi salud.

Colombia me enfermó, literalmente, una lista de enfermedades terribles comenzando por la depresión, la ansiedad, entre muchas más. No es una lista de diagnósticos. Es el mapa de un cuerpo que el sistema decidió dejar morir lentamente. Llevo catorce años pidiendo tratamiento. Catorce años de negativas, de juntas médicas dilatorias, de fórmulas que se vencen antes de que me las entreguen, de citas que no existen, de médicos que me dicen que soy “clínicamente intratable” mientras mi esposa llora al lado, por eso a todos los del sistema de salud les deseo que cuando sus madres o hijos estén muriendo tampoco los atiendan, que sientan lo que se siente, que les paguen con la misma moneda.

En 2024, gané una tutela. El Tribunal Administrativo de Cundinamarca ordenó a la EPS Sanitas suministrarme un medicamente de manera inmediata. El medicamento que en cualquier país del mundo se receta sin problema, que en España y Estados Unidos me lo dieron en cuestión de minutos, que tiene registro sanitario del INVIMA. La orden era clara: 48 horas. Sanitas no cumplió. Promoví incidentes de desacato. Tres incidentes. Tres jueces diferentes. Ninguno sancionó a la EPS. La orden judicial fue el papel higiénico de los cerdos de la EPS. Mi salud, mientras tanto, seguía deteriorándose. Hoy tengo una radiculopatía crónica que los médicos dicen que pudo haberse evitado. Hoy me duele caminar. Hoy me arden los músculos como si llevara fuego dentro. Hoy soy un hombre que sabe que el país al que entregó su vida lo está dejando morir porque no quieren gastar en su medicina, perros.

La radiculopatía no es un accidente. Es un delito. Es la consecuencia directa de catorce años de negligencias sistemáticas. Cada vez que me negaron un medicamento, cada vez que me dijeron que “regresara después”, cada vez que una junta médica me dejó esperando mientras mi columna se desgastaba, el Estado colombiano me estaba diciendo: “su vida no vale lo suficiente”. Y no me lo dijo un enemigo. Me lo dijo el sistema que debería protegerme.

La ironía es que, mientras mi cuerpo se deshacía, el gobierno colombiano seguía celebrando. Sus festivales, sus fotos, sus discursos vacíos sobre cultura y bienestar. Sus funcionarios subiéndose al escenario a aplaudirse entre ellos mientras yo me desangraba en la fila de una farmacia. El Instituto Distrital de las Artes, esa entidad que debería construir y no destruir, se convirtió en mi verdugo. IDARTES no es un instituto cultural. Es una agencia de mercadeo de los amigos del poder. Es una máquina de repartir plata a los mismos de siempre, de vetar a los que se atreven a mirar los libros, de silenciar a los que preguntan.

En la convocatoria Beca LEP 2026, mi propuesta fue declarada habilitada. Estaba en la lista. Luego, sin acto administrativo, sin notificación, sin explicación, desapareció. Borrada. Cuando reclamé ante la Contraloría, IDARTES publicó un acta falsa al día siguiente con un puntaje inventado. 67 puntos. Un puntaje que nunca me habían comunicado, que nunca apareció en la lista de elegibles, que solo existió después de que la Contraloría notificara a la entidad de mi denuncia. Esa es la honestidad de los que administran la cultura en Bogotá.

Y no se detuvo ahí. El Estado colombiano corrupto y asqueroso, como un pulpo, tiene tentáculos en todas partes. Cuando me cansé de pelear con la burocracia cultural y la salud, me fui a estudiar. Doctorado en Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid. Iba a ser mi salida. Iba a ser la prueba de que, a pesar de todo, podía construir algo más. Pedí un crédito rotativo a Sufi, la marca de créditos educativos de Bancolombia. Me lo aprobaron. Siete millones de pesos para pagar mis estudios. Siete millones. Una cifra modesta, pero suficiente para empezar. Y Bancolombia, el banco más grande de Colombia, decidió que ese pequeño préstamo sería el instrumento para destruir el resto de mi vida financiera.

No me informaron del seguro que descontarían del crédito. No me enviaron el contrato completo, solo las dos últimas hojas. Cuando reclamé, me dijeron que “estaba en el contrato”. El contrato que nunca me dieron. Desembolsaron menos de lo acordado. Cuando pagué el crédito anticipadamente para mejorar mi historial, lo que hicieron fue bloquear mi oficina virtual y negarse a renovar el cupo rotativo. “Políticas internas”, dijeron. Mi doctorado dependía de esa renovación. Viajé a España con deudas de mi esposa y mis padres. Me endeudé con tarjetas de crédito y préstamos de aplicaciones para poder sobrevivir. Y cuando regresé a Colombia, Sufi desembolsó el dinero que me debía sin avisarme, y de nuevo descontaron el seguro. Cuando reclamé, mientras estaba en la llamada, me saquearon la cuenta. Me vaciaron el dinero mi cuenta, el de mis hijas, para darle de tragar a las hijas de los cerdos corruptos, esas hijas que estudian afuera con el dinero robado de los demás, Colombia es un cagadero.

¿Qué hace un ciudadano cuando el banco más grande del país le roba descaradamente? Se queja. Presenta derechos de petición. Acude a la Defensoría del Consumidor. A la Superintendencia Financiera. A la Fiscalía. Y el sistema, siempre generoso con los ladrones y despiadado con los ciudadanos, le dice: “no es competencia de la Defensoría”, “la demanda fue rechazada por no subsanar en tiempo”, “el banco dice que usted no tiene razón”. Bancolombia me robó, me endeudó, casi me impide terminar mi doctorado, y la Superintendencia no hizo absolutamente nada. En cualquier país civilizado, esto sería noticia nacional. En Colombia, es el pan de cada día. ¡Es Colombia hujieputa! EL vivo vive del bobo, hecha la ley hecha la trampa, como voy yo, se le tiene, país de corruptos, país de ladrones, país de asesinos y psicópatas.

Justicia de papel y mierda, acá uno nunca gana, y encima lo vetan… Ese veto no es casualidad. Es la consecuencia de veinte años denunciando la corrupción. Es la venganza de un sistema que no soporta que un ciudadano común tenga más ética que todos sus funcionarios juntos. Yo no pedí ser héroe. Solo pedí que las cosas se hicieran bien. Y por eso, el país que me vio nacer me declaró su enemigo.

He sido golpeado por la Fiscalía que archivó mis denuncias. He sido golpeado por la EPS que negó mis tratamientos. He sido golpeado por IDARTES que me vetó y ridiculizó. He sido golpeado por la Cancillería que le negó la nacionalidad a mi esposa. He sido golpeado por Bancolombia que me robó y me endeudó. He sido golpeado por un sistema judicial que protege a los corruptos y castiga a los denunciantes. He sido golpeado por un país que celebra a los ladrones y persigue a los que trabajan y para rematar, por los mismos músicos asquerosos a los que le he dedicado toda mi vida porque tienen tan poca dignidad y tan poquito talento que prefieren arrodillarse a los corruptos que unirse a quien trabaja por ellos. Colombia en todos sus sentidos no tiene nada bueno, lo único bueno con lo que se llenan el hocido es con “la naturaleza” ¿Qué hicimos de eso? Solo destruirla.

No me queda nada. No me queda fe. No me queda paciencia. Me queda el odio. Un odio frío y documentado. Un odio que no es capricho, sino la respuesta lógica a veinte años de violencia institucional. El Estado colombiano no es mi enemigo porque yo lo haya elegido. Es mi enemigo porque me eligió a mí. Y a mi esposa. Y a mis hijas. Y a mi salud. Y a mi trabajo. Y a mi vida.

Y por eso estoy feliz de que ahora llegue este personaje al gobierno, ojalá llegue el caos, ojalá llegue el hambre, la miseria, el hostigamiento, que se desate todo lo peor que pueda pasar, porque el país lo merece, esta finca solo la arregla alguien sin alma, alguien que la vea como lo que es… un hoyo árido y salvaje.

Y ese odio visceral que siento no es algo malo. El odio, cuando está bien dirigido, es el combustible de la verdad. Y la verdad que tengo para contar es que este país no es una democracia fallida. Es una democracia capturada. Capturada por los amigos del poder, por los contratistas que se reparten el erario, por los funcionarios que se sientan en juntas médicas a decidir quién vive y quién muere, por los jueces que miran a otro lado cuando un banco vacía la cuenta de un ciudadano, por los políticos que celebran la cultura mientras destruyen a los que la construyen, Colombia en este momento es la vergüenza de la humanidad, lo ha sido desde siempre, nunca hemos dejado de ser la patria boba, nunca ha cesado la horrible noche.

He visto a Colombia condenar a periodistas por decir la verdad y premiar a los que mienten. He visto a Colombia darles nacionalidad a famosos extranjeros en semanas y negársela a mi esposa durante veinte años. He visto a Colombia financiar festivales de música con dinero público y dejar morir a los músicos que los critican. He visto a Colombia aplicar la ley con rigor contra el débil y con indulgencia infinita contra el poderoso.

Es un patrón. Un patrón que he documentado durante años. Cada vez que presentaba una denuncia, el sistema respondía con otra agresión. Cada vez que ganaba una tutela, la incumplían. Cada vez que lograba que un ente de control investigara, los hallazgos se quedaban en papel. No hay justicia en Colombia para el ciudadano común. Solo hay castigo para el que se atreve a exigir.

Y lo peor no es el daño material. Es el daño moral. Es saber que tus hijas crecen en un país donde su padre es un paria porque se negó a ser cómplice, que pena por mis hijas, les pido perdón por haberlas traído al mundo en este lugar. Es saber que tu esposa, que te ha acompañado en cada batalla, es tratada como una extranjera indeseable después de veinte años de construir su vida aquí. Es saber que tu cuerpo se desgasta no por una enfermedad, sino por la negligencia de un sistema que no quiere gastar en ti. Es saber que, después de veinte años de trabajo, tu nombre está manchado por una denuncia que ganaste. Es saber que la justicia no es para ti.

No quiero lástima, me importa cinco lo que piensen. No quiero solidaridad vacía. Quiero que esto se sepa. Quiero que cada funcionario que me negó un tratamiento, cada juez que archivó mi denuncia, cada burócrata que vetó mi proyecto, cada banquero que me robó, sepa que su nombre quedó registrado. No en un expediente de la Fiscalía, que ya demostró que no sirve para nada. Sino en la memoria de quien escribe esto. En la historia que voy a contar una y otra vez, hasta que alguien la escuche.

Porque si he aprendido algo en estos años, es que el sistema no cambia desde adentro. Cambia cuando la presión externa es insoportable. Cambia cuando la comunidad internacional se ve obligada a mirar. Cambia cuando las organizaciones de derechos humanos, los medios globales, los tribunales internacionales, empiezan a preguntar. Cambia cuando el costo de la impunidad supera el beneficio de la corrupción.

Y eso es lo que me queda. Ya no tengo dinero. No tengo salud. No tengo trabajo estable. No tengo un país que me proteja. Pero tengo mi voz. Y tengo mi expediente. El expediente más completo que un ciudadano común ha podido armar contra el Estado colombiano. Cada negativa, cada tutela fallida, cada contrato corrupto, cada amenaza, cada insulto, cada mentira está documentada. Es un acta de defunción de la democracia colombiana, escrita desde la perspectiva del que la vivió en carne propia.

No sé si esto llegue a algún lado. No sé si alguien lo lea. No sé si el mundo se conmoverá con la historia de un gestor cultural al que un país entero decidió destruir. Pero sé que no puedo callarme. Porque si me callo, ellos ganan. Si me voy sin decir nada, ellos ganan. Si elijo el silencio para proteger a mi familia, ellos ganan. Y he perdido demasiado como para perder también mi voz.

Y aquí estoy. Sentado en algún lugar que no es mi casa. Escribiendo esto con los dedos que todavía me tiemblan. No sé si de rabia, de miedo, o de cansancio. Tal vez las tres cosas. Tal vez eso es lo que queda después de veinte años de pelear solo.
No me fui porque quisiera. Me fui porque no quedaba nada más. Porque el país que me vio nacer me dijo, con cada acto, con cada negativa, con cada silencio, que mi lugar no estaba aquí. Que mi lugar no estaba en los festivales que construí. Que mi lugar no estaba en las salas de hospital donde me dijeron que era “clínicamente intratable”. Que mi lugar no estaba en las oficinas de la Cancillería donde mi esposa era una extranjera eterna. Que mi lugar no estaba en los juzgados donde mis denuncias eran “atípicas”. Que mi lugar no estaba en los bancos donde mi dinero era botín. Que mi lugar no estaba en la cultura que construí con mis manos, porque esa cultura era de ellos, no mía.

He sido un hombre sin país durante años, pero no lo sabía. Creía que Colombia era mi casa. Que el rock que ayudé a construir era mi hogar. Que mis hijas, nacidas aquí, eran mi ancla. Que mi esposa, que eligió quedarse, era mi prueba de que este país podía ser algo más que corrupción y olvido. Me equivoqué. Colombia no es mi casa. Colombia es el lugar donde vine a aprender que el que trabaja pierde, el que denuncia es castigado, el que se enferma es abandonado, el que ama es traicionado, y el que se va es recordado solo para ser culpado, para mí ya no es nada más que un inodoro y les cuento la parte más triste… día tras día recibo al menos 10 correos de personas en la misma situación, o llamadas, o mensajes de gente harta hasta el tuétano de esta “potencia mundial de la vida”, de este “Encanto” en donde vivien 40 millones de positivos tóxicos que están nadando en mierda y aun juran que es un paraiso.

Ojalá pudiera decir que esto no es verdad. Ojalá pudiera decir que hay una luz al final del túnel, que el sistema cambió, que un juez leyó mi caso y me dio la razón, que una EPS me pidió disculpas, que un banco devolvió lo que robó, que un funcionario de IDARTES renunció por vergüenza. Pero no hay nada de eso. No hay justicia. No hay reparación. No hay disculpa. No hay nada más que el eco de mis pasos alejándome de un país que nunca fue mío.

Sé que esto suena a derrota. Que algunos dirán que me rendí. Que otros dirán que soy un resentido, un amargado, un fracasado que culpa al sistema por sus propias decisiones, ya estoy acostumbrado al grito de la ignorancia, porque en eso sí somos ricos, en ignorantes. Que lo digan. Que hablen. Ellos no estuvieron en la fila de la farmacia cuando me dijeron que mi medicina no estaba. Ellos no vieron a su esposa llorar porque veinte años no fueron suficientes para ser aceptada. Ellos no sintieron su columna desgastarse mientras un juez miraba a otro lado. Ellos no vivieron el vértigo de ver su cuenta vaciada mientras sus hijas esperaban la comida. Ellos no saben nada. Pero lo harán, tarde o temprano su mamá va a morir llorando del dolor por que la atiendan, tarde o temprano los van a robar, tarde o temprano sentirán lo mismo, porque este país no perdona a nadie más que a los ladrones, las putas, los sicarios y los corruptos y el colombiano solo sufre cunado le pasa algo a él o su familia, de resto, que los demás se mueran.

Yo sí sé. Sé lo que es construir algo con las manos y verlo derrumbarse por el odio de los que nunca construyeron nada. Sé lo que es tener razón y que la razón no sirva para nada. Sé lo que es ser honesto y que la honestidad sea un delito. Sé lo que es amar a un país y que el país te escupa en la cara.

Y por eso me voy. No con tristeza. Con rabia. Con la rabia de veinte años de injusticia acumulada, de tutelas ganadas e incumplidas, de denuncias presentadas y archivadas, de sueños construidos y destruidos, de vida entregada y devuelta en pedazos. Con la rabia de saber que los que me hicieron esto siguen ahí, en sus escritorios, en sus juzgados, en sus oficinas de la EPS, en sus festivales, en sus fotos, en sus discursos vacíos, riéndose de mí, de mi esposa, de mis hijas, de mi salud, de mi muerte lenta.

No les perdono. No los voy a perdonar. No tengo por qué hacerlo. El perdón no es una obligación moral. Es un lujo que solo pueden darse los que no han sido destruidos. Yo he sido destruido. No física, no completamente, pero sí en todo lo que importa. En mi fe en las instituciones. En mi confianza en la justicia. En mi creencia de que el trabajo honesto tenía un premio. Ya no creo en nada de eso. Ya no creo en Colombia.

Y si algún día vuelvo, que es lo más probable, no será para pedirles nada. Será para recordarles lo que hicieron. Para que sepan que su impunidad tiene un testigo. Que cada negativa, cada insulto, cada robo, cada silencio, quedó registrado. Que este memorial no es un adiós. Es un acta de acusación. Y que, aunque esta noche me vaya con las maletas y el corazón roto, algún día, alguien va a leer esto y va a saber la verdad.

Soy un hombre que amó este país. Porque nadie escribe así de un lugar que no amó. Nadie se duele así de una patria que no sintió suya. El odio que tengo no es el odio de quien nunca quiso. Es el odio de quien entregó todo y recibió nada. Es el odio de quien construyó durante veinte años mientras otros destruían. Es el odio de quien nominó a un guitarrista para un premio y recibió una puñalada en la espalda. Es el odio de quien pidió un crédito para estudiar y el banco le vació la cuenta. Es el odio de quien pidió salud y la EPS le dijo que era “clínicamente intratable”. Es el odio de quien le pidió a su país que abrazara a su esposa después de veinte años, y el país le dijo: “no, ella no es de aquí”.

Ese es el odio que duele de verdad.Soy un hombre que sí sabe lo que es ser

. Porque ser colombiano no es bailar cumbia ni comer arepa. Ser colombiano es sobrevivir a un país que lo mata a uno lentamente mientras te dicen que estás en el paraíso. Ser colombiano es ver a tu hermano ser asesinado, ver a tu esposa ser rechazada, ver a tu cuerpo deshacerse, ver a tu nombre ser pisoteado, y seguir escribiendo. Seguir respirando. Seguir luchando.

Colombia me debe todo. Yo ya no le debo nada. Y me las voy a cobrar.

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