He decidido contar esta historia porque ya quedarse callado no es una opción. Les contaré como el sistema de salud y el de justica de este estado fallido al que llamamos país me asesinó. Y ojo, no soy el único, son miles de personas acá las que viven lo mismo. Colombia es un inodoro lleno de mafiosos y salvajes que no sirven para nada más que robar, traficar y asesinar. Vamos con la historia.
Una historia real de cómo el sistema de salud colombiano me destruyó por etapas y aún hoy, sabiendo todo, se niegan a darme el único medicamento que puede frenar el daño.
Todo comenzó en 2003, en El Salvador, yo tenía 28 años y mi hermano acababa de ser asesinado por la policía. Allá me diagnosticaron Trastorno Bipolar Tipo II mixto. Fue un balde de agua fría, no lo acepté. Me negué a tomar las pastillas, pensé que podía controlarlo solo. Que no era para tanto.
Regresé a Colombia en 2005 y estuve dos años más sin tratamiento, dos años donde mi mente se fue desgastando poco a poco, pero yo no quería verlo, imagínense uno bipolar en la mitad de una escena puerca e hipócrita aguantando todo eso sin medicamentos.
Hasta que en 2007 en navidad me llegó una crisis que rompió mi negación, el punto de quiebre. Una crisis grave. De esas que ya no se pueden ignorar, de esas donde la familia te mira con miedo y uno ya no puedes más.
Ahí fue cuando acepté, fui a urgencias y me medicaron por primera vez, empecé a consultar con psiquiatras, todos por la EPS. Al principio no entendía bien lo que pasaba, solo que necesitaba ayuda y la EPS me la dio… pero a su manera.
No me explicaron los riesgos metabólicos, no me advirtieron que los fármacos que me recetaban no solo iban a calmarme la mente, sino que iban a destruir mi cuerpo y a volverme un drogadicto, eso se llama consentimiento, a mí nadie me preguntó. Nadie me dijo que el ácido valproico y el Xanax iban a hacer que mi metabolismo se volviera loco, no sabía que estaba entrando a un matadero farmacológico liderado por psiquiatras que en 400 años no han logrado curar a nadie.
De 2007 a 2010 comencé a engordar como manatí por el Xanax y el açido Valproico. Del Xanax me tocó desintoxicarme en un manicomio, tres días como los de Trainspoting y me lo cambiaron por Rivotril, dos pepas a diario.
Los psiquiatras iban rotando. Siempre de la EPS. Siempre con 15 minutos de consulta. Siempre ajustando dosis. Nadie me pesaba. Nadie me medía la cintura. Nadie me preguntaba por mi glucosa o mis triglicéridos.
Y mi cuerpo empezó a cambiar, primero lento, luego más rápido. No era falta de voluntad, era el Valproato y el Xanax que ya se habían metido en mis hormonas, secuestrando mi leptina, inflamando mi hígado, se me comenzó a caer el pelo.
Empecé a engordar como un cerdo. Como un cerdo. No es una metáfora. Es lo que pasó. Y nadie me dijo: “Oiga, esto le va a pasar”, nadie me ofreció una alternativa.
Durante todo ese proceso el cuerpo se rompe, la mente se calma, pero nadie mira el conjunto.

Seguía tomando mis medicamentos, me sentía más estable anímicamente aun con todos los problemas de lidiar con esta selva de salvajes. Pero mi peso ya era un problema, me cansaba al caminar. Me dolían las rodillas. Empecé con problemas digestivos.
La EPS me daba cita con el psiquiatra. Con el médico general. Pero nadie conectaba los puntos. Para ellos, mi peso era mi culpa. Para ellos, yo era “no adherente” o “desordenado”.
Yo no sabía que el Litio, la Fluoxetina y el Clonazepam que vinieron después también iban a mantener el problema metabólico. Nadie me lo dijo.
Hasta que el 2010 me dio un infarto…
Un día, sin aviso, sin colesterol alto, sin placas de grasa en las arterias, tuve un infarto por vasoespasmo coronario. El corazón se me cerró por un espasmo, eso no le pasa a un hombre de 35 años sano. Eso le pasa a alguien cuyo sistema vascular está inflamado, oxidado, estresado.
Fui a urgencias. Me salvaron la vida. Me hicieron estudios. El eco mostró que mi corazón ya tenía paredes delgadas y empezaba a dilatarse. Pero para la EPS eso tampoco era urgente.
Me dieron Diltiazem para controlar el espasmo. Y me devolvieron a casa. Sin un plan metabólico. Sin un endocrino. Sin una advertencia real.
Comenzó la pelea con ellos y el abandono institucional, pasaron 13 años. 13 años donde mi cuerpo se siguió deteriorando. Mi peso subió hasta 130 kg. Me diagnosticaron hígado graso, prediabetes (HbA1c 5.7%), triglicéridos altos. También me encontraron diverticulosis sangrante y gastropatía erosiva.
Mis rodillas no aguantaron, ruptura completa del LCA, desgarro meniscal, fracturas subcondrales. Mi columna igual, discopatía L4-L5 con abombamiento contactando el saco medular.
Los médicos de la EPS me decían: “Haga ejercicio, coma mejor”. ¿Ejercicio? ¿Con qué rodillas? ¿Con qué columna?
Nadie me decía “Tiene razón. No puede moverse. Necesita ayuda farmacológica para bajar de peso.”
Nadie me conectaba el cuerpo con la mente. Para ellos, yo era un psiquiátrico gordo. No un hombre con un síndrome metabólico inducido por fármacos, con daño estructural irreversible y un corazón que ya había tenido un infarto, los médicos se portaban como imbéciles, como asalariados egocéntricos y soberbios que se las saben todas, pero no pueden nada.
En 2024 en España en donde tengo seguro médico prepagado me hicieron un ecocardiograma. Resultado, aurícula izquierda dilatada (44 mm). Eso es la prueba de que mi corazón lleva años trabajando bajo presión, bajo exceso de volumen, bajo inflamación, me recetaron Ozempic para arreglar las cosas, pero como yo no vivo en España vine a Colombia y al pedirlo lo negaron.
Me hicieron un Holter, 402 extrasístoles. No son muchas para un corazón sano. Pero para un corazón que ya tuvo un infarto y tiene paredes delgadas, son el aviso de que algo no está bien.
Los cardiólogos de la EPS dijeron “No es peligroso”. No me explicaron que “no peligroso” significa “todavía no te vas a morir mañana”. No significa “estás bien”.
Para 2025 ya las piernas se apagaron, comenzó con hormigueo. Luego con pérdida de fuerza. Luego con dificultad para caminar. Me hicieron una electromiografía. El resultado fue polineuropatía mixta (axonal y desmielinizante) en miembros inferiores.
Eso significa que los nervios de mis piernas se están muriendo. Literalmente. La vaina que los protege se está cayendo. El cable está pelado. Y las piernas ya no responden bien.
El neurólogo dijo “Esto es compatible con origen metabólico”. O sea, la diabetes que aún no tengo, la obesidad que llevo casi 20 años cargando, nunca fui gordo, la inflamación que nunca trataron, todo eso se está comiendo mis nervios.
Y así el circulo se cerró, no puedo hacer ejercicio por mis rodillas y mi columna. Mis piernas se están apagando por la neuropatía. Mi corazón tiene una aurícula dilatada. Ya tuve un infarto. Mi hígado está graso. Mi intestino sangra. Y todo empezó con una crisis en 2007 que me llevó a aceptar unas pastillas que nadie me advirtió me iban a destruir el cuerpo y aún existen pendejos colombianos que creen que es por el alcohol o por “el ritmo de vida” y todos se las saben todas y todos tienen un consejo, pueden arreglar las enfermedades de todos y los problemas de todos menos los de ellos mismos, el odio ya no puede más, no cabe más odio en mi cuerpo.
Y cuando ya no podía más, cuando el cuerpo ya no daba para más, descubrí que existe un medicamento que puede romper este círculo vicioso, los agonistas GLP-1 (Ozempic, Mounjaro, Wegoby). Que venden en cualquier droguería del país, solo que cada inyección semanal vale entre 600 y 800 mil pesos. Es decir el tratamiento mensual super los dos millones y no se puede suspender, debe ser constante, para siempre.
Este medicamento no es para verme flaco, es para que mi corazón respire. Es para frenar la neuropatía. Es para que mi hígado graso se limpie. Es para poder bajar de peso sin tener que hacer ejercicio que ya no puedo hacer.
Pero Colombia es una perra y llegó el insulto final. En España me lo recetaron. En Estados Unidos también (Tengo seguro médico Ambetter allá por mi tipo de Visa). Dos médicos en dos países distintos vieron mi historia y dijeron: “Este hombre necesita esto”. Pero en Colombia, en esta finca, mi EPS dice que no. No por razones médicas. Por razones de costo, por no llenar formularios, por la mamera de no hacerlo. Es muy caro. Prefieren dejarme seguir engordando. Se pasan la constitución y su derecho a la vida y la salud por el asterisco. Prefieren que mi neuropatía avance, que mi aurícula izquierda se siga dilatando, prefieren esperar a que tenga fibrilación auricular o insuficiencia cardíaca o que mis piernas dejen de caminar del todo.
Porque para la EPS, yo no soy un paciente. Soy un costo.
He perdido dos tutelas. Dos jueces me dijeron que no. Porque no tenía una receta de un médico tratante en Colombia. Porque el sistema está hecho para que uno se canse, corrupto, está hecho para que uno se muera callado. Pero no me voy a cansar ni a callar, jamás lo he hecho.
Voy a pagar un endocrino privado. Con mis pesos, con mi dolor, con mi rabia. Él me va a recetar lo que dos médicos internacionales ya aprobaron. Y con esa receta voy a volver a tutelar.
El daño ya está hecho.
Mis nervios no van a regenerarse del todo. Mi aurícula no va a volver a su tamaño normal. Mis rodillas no van a sanar solas. El infarto ya pasó.
Pero puedo frenar lo que viene. Puedo evitar que la neuropatía me deje en silla de ruedas. Puedo evitar la fibrilación auricular. Puedo evitar la insuficiencia cardíaca. Puedo evitar morir antes de los 60.
Solo necesito que el sistema deje de tratarme como un número, que estos cerdos por fin recuerden que tenemos una constitución y una ley que tienen que cumplir. Solo necesito que me den el medicamento que la ciencia ya probó que funciona.
Colombia dice que tiene un sistema de salud universal, gratuito y eficiente. ¡Falso! EEs un sistema asqueroso, corrupto, deshumanizado como todo lo que hay en Colombia, todo en Colombia es corrupto, hasta el rock.
Es un negocio. Un negocio donde las EPS ganan plata negando tratamientos. Un negocio donde los médicos rotan tan rápido que nadie se responsabiliza de tu historia. Un negocio donde uno tiene que poner la tutela, pagar el abogado, esperar meses, perder dos veces, y volver a empezar.
La salud no les importa. Les importa el margen.
Y aquí estoy yo.
Con un infarto en el historial. Una aurícula dilatada. Una neuropatía que me está matando las piernas. Un hígado graso. Sangre. Rodillas rotas. Columna rota.
Y con todo eso, todavía tengo que pelear para que me den un medicamento que en cualquier país serio me darían sin preguntar.
Porque el daño ya está hecho.
Pero la lucha sigue.
La verdad vivir en Colombia cansa, cansa porque todo es corrupto, porque nada funciona, porque además de los sapitos, las ranitas y toda la naturaleza que no hicimos, que no creamos, este país en este momento no tiene absolutamente nada bueno. Entonces ¿Escapar de mi propia casa a donde nos tratan como ciudadanos de quinta, a lavar platos o entregar domicilios? ¿O pedir de una vez la eutanasia para morir con un poco de dignidad en un país que trata la vida como una mierda?
Felipe Szarruk
Todo imbécil execrable, que no tiene en el mundo nada de que pueda enorgullecerse, se refugia en este último recurso, de vanagloriarse de la nación a que pertenece por casualidad.
Arthur Schopenhauer, Eudemonologia, IV.